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Las plañideras es una de esas cosas que, cuando alguien las menciona, siempre genera la misma reacción: “¿eso existía de verdad?”. Mucha gente ha oído hablar de ellas alguna vez, casi siempre a través de personas mayores, pero pocos saben realmente cómo funcionaban o por qué estaban ahí.

Durante mucho tiempo, en los funerales no se esperaba silencio ni discreción. El llanto era visible y estaba asumido como parte del acto. No se veía como algo exagerado ni fuera de lugar. Simplemente era así. En ese contexto aparece esta figura, que hoy nos resulta extraña porque choca con la forma actual de despedirse de los fallecidos.

El problema es que, con el paso del tiempo, todo esto se ha contado mal o a medias. Se ha simplificado, se ha exagerado o se ha tratado casi como una curiosidad sin explicar el fondo. Y, antes de entrar en detalles, conviene quitar una idea de la cabeza: las plañideras no eran un invento raro ni algo marginal. Formaron parte de los funerales durante siglos y tuvieron un papel muy concreto dentro de unas costumbres que hoy ya no existen.

¿Quiénes eran las plañideras?

Las plañideras eran mujeres contratadas expresamente para llorar, gemir y lamentarse durante velatorios y entierros. No acudían como acompañantes ni como familiares, sino como parte activa del ritual funerario. Su función era hacer visible el duelo, amplificarlo y convertirlo en un acto público.

Este oficio no es una invención medieval ni una costumbre local aislada. Sus orígenes se remontan a las civilizaciones antiguas, especialmente al Antiguo Egipto, donde el llanto ritual tenía un significado espiritual muy concreto. En ese contexto, las plañideras no solo expresaban dolor: ayudaban simbólicamente a purificar el espíritu del difunto y a facilitar su tránsito al más allá.

En los funerales egipcios, el llanto era parte esencial del rito. Las plañideras representaban el dolor colectivo y, en algunos casos, personificaban a figuras vinculadas al duelo y a la muerte. Llorar no era una reacción espontánea, sino un acto ritualizado, con gestos, sonidos y tiempos concretos.

Realmente el papel de las plañideras iba mucho más allá de llorar en silencio. Su función era dramatizar el duelo de forma intensa y continuada. Durante horas (e incluso días) sollozaban, gritaban, se lamentaban y, en algunos casos, se golpeaban el pecho o la cabeza como señal visible de dolor.

Además del llanto, era habitual que:

  • repitieran frases de lamentación,
  • destacaran las virtudes del fallecido,
  • mencionaran su nombre, su importancia o su papel en la comunidad,
  • y acompañaran el cortejo fúnebre de forma ruidosa.

El objetivo no era fingir una emoción inexistente, sino crear un funeral sonoro y visible, algo fundamental en sociedades donde el duelo debía compartirse públicamente. Un entierro silencioso podía interpretarse como una falta de respeto.

La presencia de plañideras tenía también un valor social muy claro. En muchas culturas, el número de plañideras contratadas estaba directamente relacionado con el estatus del difunto y de su familia. Las familias con más recursos podían permitirse un mayor número de mujeres llorando, lo que reforzaba la idea de importancia, poder o reconocimiento social.

Las plañideras entrando en la casa o espacio del velatorio.

Con la expansión del cristianismo y del islam, esta práctica empezó a ser cuestionada y censurada. Tanto la Iglesia cristiana como las autoridades musulmanas veían con recelo el llanto excesivo y teatral, al considerarlo poco acorde con una muerte serena y contenida.

Durante la Edad Media, las plañideras siguieron existiendo, pero cada vez con más restricciones. Poco a poco, el ideal del duelo silencioso y recogido fue ganando terreno en Europa, hasta que la figura de la plañidera terminó desapareciendo casi por completo.

Sin embargo, no desapareció en todas partes.

Aunque en gran parte del mundo occidental esta práctica se perdió, en algunos lugares ha sobrevivido como tradición cultural. Un ejemplo conocido es San Juan del Río, en México, donde la figura de las llamadas “lloronas” se mantiene como parte del folclore local.

Cómo actuaban las plañideras en un funeral

La actuación de las plañideras no era improvisada. Seguía un orden reconocible, repetido durante siglos y asumido por toda la comunidad. Desde su llegada hasta el final del entierro, su comportamiento estaba claramente definido.

  • Llegada al velatorio: Las plañideras solían llegar poco después de la muerte o al inicio del velatorio. No se mezclaban con la familia ni con el resto de asistentes. Se colocaban cerca del cuerpo o en un espacio visible, normalmente sentadas en el suelo, en bancos bajos o de pie junto al féretro. Su presencia debía notarse desde el principio.
  • Inicio del llanto ritual: El llanto comenzaba de forma gradual. Primero gemidos, suspiros largos y sollozos contenidos. A medida que avanzaba el velatorio, el tono subía. El objetivo era marcar que había ocurrido una muerte y que el duelo estaba activo. No era un llanto silencioso: se escuchaba claramente.
  • Gestos y lenguaje corporal: Las plañideras acompañaban el llanto con gestos muy concretos:
    • golpearse el pecho o los muslos,
    • llevarse las manos a la cabeza o a la cara,
    • balancear el cuerpo hacia delante y atrás,
    • inclinarse hacia el difunto.
  • Lamentos y frases repetidas: Además del llanto, pronunciaban frases cortas y repetitivas. No improvisaban discursos largos. Lo habitual era: nombrar al difunto, recordar su bondad, su trabajo o su papel en la familia y lamentar su ausencia (“¿por qué te has ido?”, “¿qué será ahora de los tuyos?”).

Llanto de unas plañideras en el funeral

  • Durante el cortejo fúnebre: En el traslado del cuerpo, su papel se intensificaba. Caminaban delante o junto al féretro, llorando en voz alta. El sonido del llanto anunciaba el paso del cortejo por las calles. En sociedades sin avisos escritos ni medios de comunicación, este ruido tenía también una función práctica: avisar al pueblo de que alguien había muerto.
  • Adaptación al tipo de funeral: Las plañideras sabían ajustar su actuación. No se lloraba igual a un niño que a un adulto, ni a una persona humilde que a alguien con estatus. El volumen, la duración y el número de mujeres variaban según el caso y según lo que la familia había solicitado.
  • Final del ritual: Tras el entierro, el llanto iba disminuyendo hasta desaparecer. Su función terminaba cuando el cuerpo quedaba enterrado o cuando se cerraba el acto principal del funeral. No permanecían como acompañantes posteriores ni participaban del duelo familiar más allá del ritual.

Qué se esperaba de una plañidera y cómo se las contrataba

De una plañidera no se esperaba improvisación. Se esperaba experiencia. Eran mujeres que sabían cómo comportarse en un funeral y que conocían bien las normas no escritas del ritual. Su trabajo no era sorprender, sino cumplir con lo que la comunidad entendía como una buena despedida.

Una plañidera debía saber cuándo llorar, cuánto llorar y cómo hacerlo. El llanto no podía ser plano ni constante. Tenía que tener intensidad, pausas y momentos más calmados. También debía controlar los gestos: no todas las ocasiones permitían el mismo grado de dramatismo. Excederse podía interpretarse como falta de respeto; quedarse corta, como una despedida pobre.

En cuanto a la contratación, no existía un sistema formal como lo entendemos hoy, pero sí canales muy claros. Las plañideras solían ser mujeres conocidas en la zona por haber participado en otros funerales. El contacto se hacía a través de vecinos, familiares o personas relacionadas con la organización del velatorio. En muchos casos, bastaba con “mandar a llamar” a quien ya tenía fama de saber llorar bien.

Mujer plañidera

El pago podía ser en dinero, alimentos o ambos, y variaba según varios factores:

  • la duración del velatorio,
  • el tipo de funeral,
  • el número de plañideras requeridas,
  • y la posición social del difunto.

Las familias con más recursos solían contratar a varias, no solo para intensificar el duelo, sino también para mostrar públicamente la importancia del fallecido. En este sentido, la contratación de plañideras funcionaba como otros elementos del funeral: cuanto más elaborado era, mayor era el reconocimiento social.

También existían límites. Las plañideras no formaban parte de la familia ni tomaban decisiones. Su función terminaba cuando el ritual principal concluía. No se esperaba de ellas consuelo íntimo ni acompañamiento posterior. Su papel era ritual, no emocional en el sentido personal.

Todo esto explica por qué, durante siglos, su presencia fue aceptada sin cuestionamientos. Sabían lo que tenían que hacer, la comunidad sabía qué esperar de ellas y el funeral se desarrollaba conforme a unas normas que todos compartían.

Por qué hoy las plañideras nos llaman tanto la atención

La figura de las plañideras nos resulta llamativa hoy porque choca de frente con la forma actual de vivir los funerales. Estamos acostumbrados a despedidas discretas, silenciosas y contenidas, donde el dolor se gestiona casi en privado. Ver el llanto como algo público, intenso y organizado nos parece extraño porque ya no forma parte de nuestras costumbres.

También influye el cambio en la forma de entender la autenticidad de las emociones. Hoy se tiende a pensar que el dolor solo es válido si es íntimo y espontáneo. Desde esa mirada, la idea de contratar a alguien para llorar genera desconfianza, como si se tratara de algo falso. Sin embargo, durante siglos, el llanto ritual no se juzgaba por si era “real” o no, sino por cumplir una función social dentro del funeral.

Otro motivo es que hemos perdido la memoria cultural de estas prácticas. Las plañideras desaparecieron, pero no dejaron una explicación clara de por qué estaban ahí. Lo que queda es una imagen incompleta, muchas veces exagerada o mal contada, que despierta curiosidad porque no encaja con lo que conocemos.

Además, en una época en la que casi todo se vive de forma rápida y contenida, estas figuras nos recuerdan que antes el duelo tenía tiempos más largos y formas más visibles. No se pasaba página enseguida ni se esperaba que el dolor se gestionara en silencio.

Por eso, más que una rareza, las plañideras funcionan hoy como un contraste. Nos obligan a preguntarnos si hemos cambiado solo las formas o también nuestra manera de acompañar la muerte. Y esa pregunta, aunque no siempre tenga respuesta, explica por qué esta figura sigue despertando tanta curiosidad.