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A lo largo de la historia ha habido 267 Papas. Y no todos tuvieron una despedida tranquila ni especialmente digna. De hecho, algunos funerales fueron tan raros, tan incómodos o tan problemáticos que hoy cuesta creer que ocurrieran en el Vaticano.

Hubo Papas a los que enterraron con prisas, otros cuyo cuerpo dio problemas desde el primer momento y algunos funerales que acabaron obligando a cambiar normas que llevaban siglos funcionando. También hay casos directamente difíciles de explicar sin pensar: decisiones tomadas por miedo, por presión política o simplemente porque no había una solución mejor.

En este artículo vamos a repasar algunos de los funerales más impactantes de la historia del Vaticano, centrándonos en hechos concretos y curiosidades reales. No en el protocolo ideal, sino en lo que pasó de verdad cuando tocó despedir a algunos de los Papas más recordados… o más incómodos.

Pío XII (1958): el embalsamamiento que salió mal

Pío XII (1958): el embalsamamiento que salió mal

Pío XII murió el 9 de octubre de 1958 en Castel Gandolfo, la residencia papal de verano. Tenía 82 años y llevaba casi dos décadas al frente de la Iglesia. Desde el primer momento, el Vaticano quiso organiza un funeral solemne y muy visible, acorde a la importancia del pontificado. El problema vino justo después de la muerte.

La conservación del cuerpo quedó en manos de su médico personal, Riccardo Galeazzi-Lisi, una figura controvertida incluso antes de este episodio. Fue él quien propuso aplicar un método experimental de embalsamamiento que rompía con el procedimiento habitual. En lugar de realizar la extracción de órganos internos (práctica estándar en funerales papales), optó por un sistema basado en aceites aromáticos, resinas y vendas impregnadas en sustancias químicas, supuestamente inspirado en técnicas antiguas.

La decisión fue un error grave.

Al no extraerse los órganos, el proceso natural de descomposición comenzó casi de inmediato. El cuerpo empezó a deteriorarse durante el traslado desde Castel Gandolfo al Vaticano. Las altas temperaturas de octubre y la falta de ventilación aceleraron el problema. En pocas horas, el cadáver presentaba hinchazón, cambios visibles en la piel y un olor muy intenso.

La situación llegó a un punto crítico durante el velatorio. Según testimonios de la época, el olor era tan fuerte que los miembros de la Guardia Suiza no podían permanecer mucho tiempo junto al féretro. Se vieron obligados a turnarse para cumplir con la custodia, algo completamente inédito en un funeral papal.

Ante el avance de la descomposición, el Vaticano tomó una decisión de urgencia: sellar el ataúd antes de lo previsto. El cuerpo apenas pudo ser expuesto públicamente y las imágenes del funeral se redujeron al mínimo. Lo que debía ser una despedida solemne se convirtió en una situación incómoda que todos intentaron gestionar con discreción.

Las consecuencias no tardaron en llegar. Galeazzi-Lisi fue apartado de cualquier función relacionada con el Vaticano y perdió toda credibilidad médica dentro del entorno papal. A raíz de este episodio, se revisaron los protocolos funerarios y se estableció una norma clara: no se volverían a permitir métodos experimentales en la conservación del cuerpo de un Papa. A partir de entonces, los procedimientos quedaron estrictamente regulados.

Juan XXIII (1963): el Papa cuyo cuerpo apareció incorrupto

Juan XXIII (1963): el Papa cuyo cuerpo apareció incorrupto

Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963 y fue enterrado en las grutas vaticanas, bajo la basílica de San Pedro. En ese momento, su funeral no tuvo nada especialmente llamativo desde el punto de vista técnico. Fue una despedida correcta y acorde a su pontificado. Lo realmente sorprendente ocurrió casi cuarenta años después.

En el año 2001, con motivo de su proceso de beatificación, el Vaticano autorizó la apertura de su tumba. Era un trámite necesario dentro del procedimiento canónico, pero nadie esperaba lo que se encontraría al retirar el ataúd.

El cuerpo de Juan XXIII presentaba un estado de conservación extraordinario. La piel, los rasgos faciales y las manos se encontraban visiblemente reconocibles, muy lejos del aspecto que cabría esperar tras décadas bajo tierra. El hallazgo causó una enorme sorpresa incluso dentro del propio Vaticano, especialmente porque no se había aplicado ningún método de embalsamamiento excepcional.

Es importante aclarar un punto clave: el cuerpo no estaba “intacto” en términos científicos, pero su conservación era muy superior a la habitual, algo que se atribuyó a una combinación de factores naturales, como las condiciones ambientales del lugar de enterramiento y el tipo de ataúd utilizado.

Aun así, el impacto fue inmediato. Las imágenes se difundieron rápidamente y el caso tuvo una repercusión mediática mundial. Para muchos fieles, aquel estado de conservación reforzó la imagen cercana y positiva que ya se tenía de Juan XXIII, conocido popularmente como el Papa bueno por su carácter sencillo y su impulso al Concilio Vaticano II.

Tras la apertura, su cuerpo fue trasladado al interior de la basílica de San Pedro, donde hoy puede verse en un altar lateral. Este traslado marcó también un cambio importante: fue uno de los primeros casos modernos en los que un Papa pasó de las grutas vaticanas al interior del templo principal.

Más allá de interpretaciones religiosas, este episodio tuvo un efecto claro en la percepción pública. Juan XXIII dejó de ser solo un Papa recordado por sus decisiones y pasó a convertirse en una figura rodeada de una fuerte carga simbólica, algo que influyó decisivamente en su beatificación y posterior canonización.

Formoso (896): el Papa juzgado después de muerto

Formoso (896): el Papa juzgado después de muerto

Formoso murió en el año 896, tras un pontificado breve y muy conflictivo. Hasta ahí, nada fuera de lo normal para una época marcada por luchas de poder dentro de la Iglesia. El problema vino meses después de su muerte, cuando su sucesor, el papa Esteban VI, decidió llevar a cabo algo que no tiene precedentes ni posteriores comparables.

El cuerpo de Formoso fue exhumado de su tumba por orden papal. No para trasladarlo ni para rendirle homenaje, sino para juzgarlo públicamente. El cadáver, ya en avanzado estado de descomposición, fue vestido con las ropas pontificias y sentado en un trono dentro de la basílica de San Juan de Letrán.

Lo que siguió se conoce como el Sínodo del Cadáver (Synodus Horrenda). Durante el juicio, Esteban VI acusó a Formoso de haber accedido ilegalmente al papado y de haber cometido diversas irregularidades durante su vida. Evidentemente, el acusado no podía defenderse. Un diácono respondía en su nombre mientras el cadáver permanecía expuesto ante los asistentes.

El veredicto fue condenatorio. Tras la sentencia, se ordenó cortar los dedos de la mano derecha con los que Formoso impartía las bendiciones, como símbolo de anulación de todos sus actos papales. Después, su cuerpo fue despojado de las vestiduras, arrastrado fuera del templo y finalmente arrojado al río Tíber.

El impacto fue inmediato. El juicio causó un enorme rechazo entre el pueblo romano y dentro del propio clero. Poco después, Esteban VI fue depuesto, encarcelado y murió estrangulado en prisión. El cuerpo de Formoso fue recuperado del río y enterrado de nuevo, esta vez con honores. Este caso se convirtió en un ejemplo extremo de hasta dónde podían llegar las luchas de poder en el Vaticano medieval.

Esteban VI: las consecuencias de un funeral convertido en juicio

El Sínodo del Cadáver no terminó con la condena de Formoso. De hecho, ahí empezó el verdadero problema para Esteban VI. La decisión de juzgar a un Papa muerto fue tan extrema que provocó un rechazo inmediato entre el pueblo romano y dentro del propio clero.

En Roma, el juicio fue visto como un abuso de poder y una humillación innecesaria. La imagen del cadáver sentado en un trono y sometido a un proceso público generó indignación y miedo. Muchos interpretaron el episodio como una advertencia peligrosa: si un Papa podía ser tratado así después de muerto, nadie estaba a salvo.

La tensión fue en aumento durante los meses siguientes. Esteban VI perdió apoyos rápidamente y la situación política se volvió insostenible. Finalmente, fue depuesto, encarcelado y, poco después, murió estrangulado en prisión, probablemente a manos de quienes hasta poco antes habían estado de su lado.

Más de mil años después, sigue siendo uno de los ejemplos más claros de cómo el poder, cuando se lleva al extremo, acaba volviéndose contra quien lo ejerce.

Juan Pablo I (1978): el Papa de los 33 días

Juan Pablo I fue elegido Papa el 26 de agosto de 1978. Apenas 33 días después, el 28 de septiembre, apareció muerto en su habitación del Palacio Apostólico. Tenía 65 años. Su pontificado es el más breve del siglo XX.

La causa oficial fue un infarto agudo de miocardio. No se practicó autopsia, algo que hoy llama la atención, pero que en aquel momento no era obligatorio en el Vaticano. Ese detalle, unido a la rapidez con la que se gestionó todo, fue el origen de muchas especulaciones posteriores.

El funeral se celebró el 4 de octubre de 1978, apenas seis días después del fallecimiento. Fue una ceremonia sobria, sin grandes despliegues y organizada con rapidez. El Vaticano tenía que activar cuanto antes el proceso de Sede Vacante y convocar un nuevo cónclave.

Lo que generó más dudas no fue tanto el funeral en sí, sino la confusión en las primeras horas tras la muerte. Hubo versiones contradictorias sobre quién encontró el cuerpo, sobre la hora exacta del fallecimiento e incluso sobre algunos detalles médicos. Esa falta de claridad alimentó durante años teorías sobre posibles conspiraciones, aunque nunca se presentaron pruebas sólidas que contradijeran la causa oficial.

El episodio dejó una lección clara en el Vaticano: la comunicación ya no podía gestionarse como en décadas anteriores. A partir de entonces, se establecieron protocolos más precisos para anunciar el fallecimiento de un Papa y para informar de forma más ordenada a la prensa internacional.

Clemente XIV: rumores de envenenamiento y una despedida incómoda

Clemente XIV murió el 22 de septiembre de 1774, tras un pontificado breve y extremadamente tenso. Su figura quedó marcada por una decisión que le granjeó enemigos muy poderosos: la supresión de la Compañía de Jesús (los jesuitas) en 1773, una medida tomada bajo una enorme presión política de varias monarquías europeas.

Ese contexto es clave para entender lo que ocurrió después.

En los meses previos a su muerte, Clemente XIV presentaba un deterioro físico progresivo, con síntomas que algunos contemporáneos describieron como extraños para una enfermedad común. Cuando falleció, la causa oficial no fue explicada con detalle y no se practicó una autopsia que pudiera despejar dudas. Eso bastó para que comenzaran los rumores.

Muy pronto se extendió la idea de que el Papa podría haber sido envenenado, una sospecha que circuló tanto dentro como fuera del Vaticano. No hubo pruebas concluyentes, pero el clima político del momento hizo que la hipótesis resultara verosímil para muchos. Clemente XIV había quedado aislado, sin apoyos claros y con enemigos influyentes.

Su funeral fue discreto y sin grandes honores, algo llamativo tratándose de un Papa. No hubo una despedida especialmente solemne ni gestos destinados a reforzar su legado. Todo se gestionó con cautela, casi con prisa, como si el Vaticano quisiera cerrar el episodio cuanto antes.

Las sospechas nunca llegaron a confirmarse, pero tampoco se disiparon por completo. La falta de explicaciones claras, unida al contexto político y al silencio oficial, dejó una sensación de asunto inconcluso. A diferencia de otros casos, no hubo un escándalo visible ni un error técnico, sino algo más incómodo: la duda permanente.

Juan Pablo II (2005): el funeral que paralizó el mundo

Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, tras una larga enfermedad seguida prácticamente en directo por millones de personas. Desde ese mismo momento quedó claro que su funeral no iba a ser uno más. Y no lo fue.

Durante los días previos a la ceremonia, Roma se colapsó. Se calcula que más de cuatro millones de personas pasaron por la ciudad para despedirse del Papa, una cifra sin precedentes en la historia moderna del Vaticano. Solo el día del funeral, celebrado el 8 de abril de 2005, más de 300.000 fieles llenaron la plaza de San Pedro y sus alrededores.

Nunca antes se había visto una concentración así para un funeral papal. A nivel institucional, acudieron más de 200 delegaciones oficiales, entre ellas reyes, jefes de Estado y líderes religiosos de todo el mundo. El Vaticano se convirtió durante unas horas en el centro político y mediático del planeta.

Entre todas las imágenes de aquel día, hay una que quedó grabada en la memoria colectiva: el Evangelio colocado sobre el ataúd, que comenzó a pasar sus páginas movido por el viento durante la ceremonia. No estaba previsto, pero se convirtió en uno de los símbolos más recordados del funeral. Para muchos, fue una escena sencilla, casi accidental, que resumía la despedida de un Papa muy cercano a la gente.

Otro momento inesperado fue el grito espontáneo de Santo subito (“santo ya”), que comenzó a escucharse entre la multitud y se extendió rápidamente por la plaza. No formaba parte del protocolo ni del guion litúrgico. Fue una reacción popular, directa, que presionó al Vaticano y marcó el inicio de un proceso de canonización mucho más rápido de lo habitual.

El funeral de Juan Pablo II no fue impactante por errores ni por tensiones internas, sino por la dimensión humana y global que alcanzó. Marcó un antes y un después en la forma en que el mundo vivía la muerte de un Papa y demostró que, en pleno siglo XXI, el Vaticano seguía siendo capaz de congregar a millones de personas en torno a una despedida.

Benedicto XVI: el primer funeral de un Papa emérito

Benedicto XVI murió el 31 de diciembre de 2022, casi diez años después de haber renunciado al pontificado. Ese detalle lo cambia todo. Por primera vez en la historia moderna, el Vaticano se enfrentaba a una situación inédita: cómo despedir a un Papa que ya no era Papa.

No existía un protocolo claro. Nunca antes había muerto un Papa emérito. Benedicto XVI no era el pontífice reinante, pero tampoco era un obispo más. Había sido Papa, había renunciado voluntariamente y seguía viviendo dentro del Vaticano. Todo eso obligó a tomar decisiones nuevas.

Su funeral se celebró el 5 de enero de 2023 y fue presidido por Francisco, algo impensable hasta ese momento: un Papa celebrando el funeral de otro Papa. La ceremonia fue solemne, pero más sobria que la de un Papa en ejercicio. No hubo grandes multitudes ni despliegue extraordinario, aunque sí acudieron miles de fieles y representantes institucionales.

También hubo diferencias en los símbolos. El ataúd fue sencillo, el tratamiento litúrgico más contenido y el lenguaje utilizado evitó referencias propias de un pontificado activo. Todo estaba medido para dejar claro que se trataba de un Papa emérito, no del jefe en funciones de la Iglesia.

Este funeral marcó un antes y un después. No solo por lo que ocurrió ese día, sino porque abre un precedente. A partir de Benedicto XVI, el Vaticano ya sabe que puede volver a enfrentarse a esta situación y que necesitará normas claras para ella.

Si algo deja claro este recorrido es que no existe un único tipo de funeral papal. A lo largo de más de dos mil años y 267 Papas, ha habido despedidas multitudinarias, otras incómodas, algunas marcadas por errores técnicos y otras directamente condicionadas por la política de su tiempo.

El Vaticano es una institución antigua, con normas muy definidas. Pero la historia demuestra que esas normas no siempre evitaron tensiones, improvisaciones o decisiones que hoy nos sorprenden. En algunos casos, los funerales cambiaron protocolos. En otros, dejaron preguntas abiertas. Y en más de una ocasión, marcaron un antes y un después en la forma de gestionar la muerte dentro de la Iglesia.

Quizá lo más interesante es precisamente eso: que incluso en uno de los lugares más organizados del mundo, la despedida de sus líderes ha estado influida por el contexto, por las personas y por los errores humanos.

Y por eso estos funerales siguen despertando interés. No solo por el ritual, sino por todo lo que revelan sobre su época.