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Durante siglos, si había una familia que concentraba poder en Europa, esa era la de los Habsburgo. Llegaron a gobernar territorios que iban desde Austria hasta España, pasando por Bohemia, Hungría, Flandes o el norte de Italia. Entre los siglos XV y XVIII colocaron emperadores en el Sacro Imperio Romano Germánico y reyes en media Europa, y su influencia política fue tan grande que durante mucho tiempo se decía que en sus dominios “nunca se ponía el sol”.

Pero si algo sorprende al estudiar a los Habsburgo no es solo cómo gobernaban… sino cómo organizaban su muerte.

Cuando un emperador o archiduque Habsburgo fallecía (por ejemplo en Viena, que desde el siglo XVI se convirtió en el centro de la dinastía) su funeral no terminaba con un entierro normal. En muchos casos, el cadáver era sometido a un proceso muy concreto: el cuerpo se enterraba en la Cripta Imperial del convento de los Capuchinos, el corazón se guardaba en una urna de plata en la llamada Herzgruft (la Cripta del Corazón) y las vísceras se depositaban en la Cripta Ducal de la catedral de San Esteban. Tres lugares distintos dentro de la misma ciudad, cada uno con su propia función simbólica.

Este sistema no fue un caso aislado ni algo anecdótico. Se mantuvo durante siglos y llegó hasta tiempos muy recientes. El ejemplo más llamativo es el de Otto von Habsburg, fallecido en 2011: su cuerpo fue enterrado en Viena siguiendo la tradición imperial, mientras que su corazón fue depositado aparte, cumpliendo un ritual dinástico que llevaba activo desde la Edad Moderna.

Lo curioso es que, cuando uno empieza a mirar cómo despedían a sus emperadores, descubre que aquello no era un entierro normal ni mucho menos. Había normas, recorridos, lugares concretos dentro de Viena y una tradición que obligaba a separar el cuerpo en varias partes. No era una rareza puntual: era la forma oficial de enterrar a la dinastía durante generaciones.

En qué consistía exactamente el funeral imperial de los Habsburgo

Cuando fallecía un miembro importante de la casa de los Habsburgo, ya fuese emperador, emperatriz o archiduque, el funeral no terminaba con un entierro normal. En Viena existía un sistema concreto que dividía el cuerpo en tres partes y que se aplicó durante siglos, sobre todo entre el XVII y el XIX.

Este sistema no surgió por una rareza de los Habsburgo, sino por una combinación de costumbres medievales europeas y necesidades prácticas de la época. Desde la Edad Media, en la nobleza era relativamente común separar el corazón o las vísceras durante el embalsamamiento, sobre todo cuando el cadáver debía viajar largas distancias o cuando el monarca quería dejar “presencia” simbólica en distintos territorios. Los Habsburgo, que gobernaban un imperio muy extenso y profundamente católico, adoptaron esta tradición en el siglo XVII y la convirtieron en norma dinástica: el cuerpo representaba al soberano como gobernante, el corazón su dimensión espiritual y las vísceras se enterraban en el principal templo de la capital. Con el tiempo, lo que empezó como práctica funeraria común se transformó en un ritual oficial de la casa imperial.

La capital austríaca acabó funcionando casi como un mapa funerario de la familia. Dependiendo de la parte del cuerpo, el destino era uno u otro edificio histórico del centro de Viena, todos relativamente cercanos entre sí pero con funciones simbólicas distintas.

El cuerpo: enterrado en la Cripta Imperial de Viena

El cuerpo del difunto se enterraba en la Kaisergruft o Cripta Imperial, situada bajo la iglesia del convento de los Capuchinos en Viena. Este lugar empezó a funcionar como panteón dinástico en 1633, cuando se trasladaron allí los restos del emperador Matías (†1619) y su esposa, cumpliendo el deseo de la emperatriz Ana del Tirol, que había impulsado la construcción del monasterio para servir como enterramiento familiar.

Desde entonces, la cripta se convirtió en el lugar oficial de sepultura de los Habsburgo durante casi tres siglos. Hoy alberga más de 145 miembros de la dinastía, entre ellos figuras clave del Imperio como María Teresa (1717-1780), única mujer que gobernó los territorios hereditarios, o Francisco José I (1830-1916), que reinó durante 68 años y presidió uno de los funerales imperiales más multitudinarios de Viena.

Los ataúdes no eran simples cofres: muchos fueron fabricados en bronce decorado, con escudos, coronas y símbolos imperiales. En algunos casos, como el de María Teresa y su esposo Francisco I, el sarcófago doble monumental refleja claramente el rango político del enterrado.

El motivo del enterramiento en la Cripta Imperial de Viena no era solo práctico. Los Capuchinos eran una orden conocida por su austeridad y su espiritualidad cercana a la Contrarreforma católica. Elegir su convento como panteón transmitía un mensaje muy concreto: el emperador podía haber gobernado un imperio inmenso, pero ante la muerte reposaba en un entorno de humildad religiosa. Por eso, durante siglos, los Habsburgo insistieron en que su cuerpo físico (la parte que había ostentado el poder político) debía descansar allí, junto a sus antepasados, consolidando la idea de continuidad dinástica.

El corazón: depositado en la Herzgruft (Cripta del Corazón)

El corazón del difunto se extraía durante el embalsamamiento y se colocaba en una urna, normalmente de plata o metal noble, que se trasladaba a la Herzgruft, la Cripta del Corazón, situada en la iglesia de los Agustinos, muy cerca del palacio imperial de Hofburg.

La práctica se consolidó en la familia Habsburgo a partir del siglo XVII, especialmente tras el reinado del emperador Fernando III (†1657). Desde entonces, numerosos miembros de la dinastía siguieron esta tradición. Actualmente se conservan allí 54 urnas con corazones Habsburgo, alineadas en nichos con inscripción del nombre, título y fecha de fallecimiento.

El gesto de depositar el corazón en la iglesia de los Agustinos tenía un significado religioso pero tambien simbólico. En la Europa barroca, el corazón era considerado el centro de la vida espiritual y de la fidelidad religiosa. Depositarlo en esta iglesia, la cual era el templo vinculado a las ceremonias imperiales, bodas y actos dinásticos, reforzaba esa dimensión personal del soberano, distinta de su función política.

Las vísceras: enterradas en la Cripta Ducal de San Esteban

Las vísceras, retiradas durante el proceso de conservación del cadáver, se colocaban en urnas metálicas (normalmente de cobre) y se enterraban en la Cripta Ducal de la catedral de San Esteban, el principal templo de Viena desde la Edad Media.

San Esteban no era una iglesia cualquiera. Desde el siglo XIV había sido el centro religioso de la ciudad y escenario de eventos imperiales, incluyendo coronaciones, algunas bodas reales y funerales. Enterrar allí los órganos internos del soberano reforzaba la relación simbólica entre la dinastía y la capital imperial.

Este tercer enterramiento no era algo decorativo ni anecdótico, sino que responde a una práctica médica habitual en la época. La extracción de vísceras facilitaba la conservación del cadáver, especialmente antes de traslados ceremoniales o velatorios prolongados.

Así, dentro de una misma ciudad (Viena) un emperador Habsburgo podía quedar repartido entre tres lugares históricos: el convento de los Capuchinos, la iglesia de los Agustinos y la catedral de San Esteban. Un sistema que se repitió durante generaciones y que convirtió el funeral imperial en uno de los rituales más complejos de la Europa moderna.

El famoso ritual de las tres puertas del funeral Habsburgo

Si el sistema de enterramiento en tres partes ya te ha resultado llamativo, otro momento que también te llamará la atención es este: el ritual de las tres puertas. Este era el momento más simbólico del funeral de Habsburgo y ocurría justo antes del enterramiento del cuerpo en la Cripta Imperial de Viena. El ritual llegó a formar parte real del protocolo funerario de la casa imperial, especialmente desde la Edad Moderna y durante el Imperio austríaco.

Cómo se desarrollaba la llegada al convento de los Capuchinos

Tras la muerte de un emperador o miembro destacado de la casa Habsburgo, el funeral no se celebraba inmediatamente. Durante varios días el cuerpo permanecía expuesto en velatorio oficial, normalmente en el Hofburg (el palacio imperial de Viena) o en otra residencia dinástica. Solo después comenzaba la gran procesión funeraria hacia el convento de los Capuchinos, situado en el centro histórico de la ciudad.

Estas procesiones estaban cuidadosamente reguladas por el protocolo de la corte imperial, especialmente desde el siglo XVII, cuando Viena se consolidó como capital política del Imperio. El traslado del féretro era un acto público de Estado: participaban unidades de la guardia imperial, altos cargos eclesiásticos, representantes de los territorios del Imperio y miembros de la nobleza. En funerales especialmente importantes, como el del emperador Leopoldo I (†1705) o más tarde el de Francisco José I (†1916), la ciudad entera quedaba prácticamente paralizada y miles de personas asistían al paso del cortejo.

El ataúd, normalmente cubierto con el estandarte imperial negro y oro, avanzaba lentamente por las calles hasta llegar a la plaza del convento de los Capuchinos. Allí no se producía una entrada inmediata. El protocolo exigía que el féretro se detuviera ante la puerta cerrada del monasterio. En ese momento, un representante oficial de la corte, generalmente el Obersthofmeister (gran mayordomo imperial) o el maestro de ceremonias, debía adelantarse y anunciar formalmente la llegada del difunto. El convento permanecía cerrado mientras se realizaba esta proclamación, marcando el paso del mundo político y cortesano al espacio religioso del enterramiento.

Era justo entonces, con el ataúd detenido ante la entrada y la comitiva en silencio, cuando comenzaba el conocido diálogo ritual que decidiría la apertura de la puerta.

El diálogo ceremonial entre los guardias y la comitiva

Cuando el féretro llegaba a la puerta del convento de los Capuchinos, la entrada permanecía cerrada. Entonces comenzaba un diálogo entre el representante de la corte imperial y el monje capuchino encargado de custodiar la entrada. Aquí es donde se producía el famoso ritual de las tres puertas, en concreto tres llamadas a la puerta, tres anuncios:

  1. El heraldo daba al monje los títulos completos del soberano
  2. El heraldo daba al monje una versión reducida de los títulos del soberano
  3. El heraldo presentaba al soberano como «pecador» o «simple mortal»

Vamos a ver una simulación escrita de cómo era el ritual:

El heraldo llamaba a la puerta y anunciaba solemnemente quién solicitaba entrar, citando todos los títulos del difunto. En el caso de un emperador Habsburgo, la lista podía incluir fórmulas como:

“Su Majestad Imperial y Real, Emperador de Austria, Rey de Hungría, Rey de Bohemia, Archiduque de Austria, Señor de…”

La enumeración reflejaba la tradición dinástica de acumular títulos territoriales y era parte habitual de la etiqueta cortesana.

Desde el interior, el monje respondía:

“No lo conocemos.”

El heraldo repetía la llamada, esta vez reduciendo la lista de títulos, presentando al difunto de forma más breve, quizá como:

“El emperador de Austria.”

La respuesta volvía a ser la misma:

“No lo conocemos.”

Solo en el tercer intento el anuncio cambiaba por completo. El representante de la corte abandonaba cualquier referencia al poder y respondía con una fórmula simple, documentada en diversas variantes:

“Un pecador mortal.”
o
“Un pobre pecador.”

En ese momento, el monje respondía:

“Entonces que entre.”

Y la puerta se abría.

Este ritual está documentado en fuentes del ceremonial imperial austríaco y fue reproducido incluso en funerales relativamente recientes de la familia, como el de Otto von Habsburg en julio de 2011, donde se realizó la misma secuencia simbólica ante la entrada de la Cripta Imperial en Viena. En aquella ocasión, el heraldo mencionó primero los títulos históricos de Otto como archiduque, político europeo y heredero dinástico; después redujo la presentación; y finalmente lo anunció simplemente como un ser humano mortal, permitiendo la apertura ceremonial.

El diálogo no pretendía ser teatral, sino doctrinal. En la tradición católica de la Europa barroca, ningún título terrenal tenía valor ante la muerte. El emperador, igual que cualquier otro creyente, debía entrar en la tumba solo como hombre.

Por eso el ritual de las puertas se convirtió en uno de los momentos más recordados del ceremonial Habsburgo. No era solo una tradición, sino una declaración simbólica que resumía tres ideas clave del pensamiento imperial católico:

  • la renuncia final al poder terrenal
  • la igualdad de todos ante la muerte
  • la continuidad de la tradición religiosa de la dinastía

Nota: la información histórica sobre el ceremonial funerario de los Habsburgo procede de documentación oficial del protocolo imperial austríaco, crónicas de ceremonias funerarias conservadas en archivos vieneses y estudios historiográficos sobre la corte de los Habsburgo. Este ritual está especialmente bien documentado en fuentes relacionadas con la Cripta Imperial de los Capuchinos en Viena, en manuales de ceremonial del siglo XVIII y XIX, y en testimonios contemporáneos del funeral de Otto von Habsburg en julio de 2011, donde el diálogo ceremonial ante la entrada del convento fue recreado siguiendo la tradición dinástica.

Entre los lugares y referencias históricas relevantes se incluyen:

  • El archivo del Kapuzinergruft (Cripta Imperial de Viena)
  • La documentación ceremonial conservada en el Hofburg y archivos estatales austríacos
  • Estudios sobre el ceremonial imperial publicados por el Österreichisches Staatsarchiv (Archivo Estatal Austriaco)
  • Coberturas documentales del funeral de Otto von Habsburg (2011) en medios como ORF, Die Presse o Der Standard

De dónde viene realmente la tradición de enterrar el cuerpo en tres partes

Aunque hoy asociemos esta práctica a los Habsburgo, la idea de separar partes del cuerpo tras la muerte no nació con ellos. En realidad, es una tradición mucho más antigua que aparece en la Europa medieval y que responde a varias razones, tanto prácticas como simbólicas.

En la Edad Media, especialmente durante los siglos XII y XIV, era relativamente habitual que los reyes y nobles murieran lejos de su lugar de enterramiento. Las largas distancias, el calor y la falta de técnicas modernas de conservación hacían muy difícil trasladar un cadáver intacto durante semanas. Para poder transportarlo, se aplicaba un procedimiento conocido como mos teutonicus, documentado ya en el siglo XII, que consistía en separar tejidos y órganos para facilitar la conservación y el traslado de los restos.

Este método no solo resolvía un problema logístico. Con el tiempo, la práctica empezó a adquirir un valor simbólico. Algunos monarcas decidían que su corazón fuera enterrado en un santuario concreto, una ciudad especial o un territorio al que querían mostrar fidelidad. Por ejemplo, el rey inglés Ricardo I Corazón de León, muerto en 1199, fue enterrado en tres lugares distintos: su cuerpo en la abadía de Fontevraud (Francia), su corazón en la catedral de Rouen y sus entrañas en Châlus, donde falleció. Casos similares se repitieron en Francia, Inglaterra, Alemania o los territorios del Sacro Imperio.

Cuando los Habsburgo consolidaron su poder en la Europa central durante los siglos XVI y XVII, estas prácticas ya formaban parte de la tradición funeraria aristocrática europea. La diferencia es que ellos la institucionalizaron. A partir del siglo XVII, especialmente tras el reinado de Fernando III (†1657), el sistema de separar cuerpo, corazón y vísceras dejó de ser una decisión puntual para convertirse en protocolo dinástico.

Otto von Habsburg, el último Habsburgo enterrado siguiendo esta tradición

Aunque el Imperio austrohúngaro desapareció oficialmente en 1918, la familia Habsburgo mantuvo durante generaciones muchas de sus tradiciones funerarias. El caso más reciente y documentado es el de Otto von Habsburg, fallecido el 4 de julio de 2011 a los 98 años, considerado el heredero simbólico de la dinastía y último príncipe heredero del Imperio.

El funeral de Otto von Habsburg en 2011

Las exequias principales se celebraron el 16 de julio de 2011 en Viena, con una misa solemne en la catedral de San Esteban, el mismo templo vinculado históricamente a los funerales imperiales. Al acto acudieron representantes políticos europeos, miembros de antiguas casas reales y miles de ciudadanos, lo que convirtió la ceremonia en uno de los funerales dinásticos más importantes celebrados en Austria desde la desaparición de la monarquía.

Tras la misa, el féretro fue trasladado en procesión hasta el convento de los Capuchinos. Allí se reprodujo el diálogo ceremonial tradicional ante la puerta, siguiendo el antiguo protocolo Habsburgo: el heraldo anunció primero los títulos históricos del difunto, después una versión reducida y finalmente lo presentó simplemente como un mortal, momento en el que se permitió la entrada.

Otto fue enterrado en la Cripta Imperial junto a otros miembros de la dinastía, respetando el lugar tradicional del cuerpo dentro del sistema funerario familiar.

Siguiendo la tradición dinástica, el corazón de Otto von Habsburg no fue enterrado junto al cuerpo. Fue depositado aparte, en su caso, el corazón fue enterrado en la abadía benedictina de Pannonhalma, en Hungría, un lugar con fuerte significado personal y político para él. Otto había mantenido una relación estrecha con Hungría durante toda su vida y había sido diputado europeo durante décadas defendiendo la integración del país en la Unión Europea.

El funeral de Otto von Habsburg nos muestra cómo una tradición medieval puede adaptarse a un contexto actual. La ceremonia combinó elementos modernos, como la transmisión televisiva, la presencia institucional europea, la organización civil moderna, con símbolos heredados del pasado: procesión por Viena, enterramiento en la Cripta Imperial y el antiguo diálogo ritual ante la puerta del convento.

Esta sinergia convirtió el funeral de 2011 en una especie de puente entre dos épocas: el último eco de un ceremonial imperial nacido siglos atrás y su adaptación a una Europa contemporánea donde la dinastía ya no gobernaba, pero seguía formando parte de la memoria histórica del continente.

Cuántos Habsburgo fueron enterrados de esta manera

Viena conserva hoy los registros y los lugares físicos donde puede comprobarse cuántos fueron enterrados siguiendo este modelo. El principal punto de referencia es la Cripta Imperial del convento de los Capuchinos, que, como hemos visto, funciona como panteón dinástico desde 1633. Allí reposan actualmente más de 145 miembros de la casa de Habsburgo, incluyendo emperadores, emperatrices, archiduques y otros miembros de la familia imperial. Entre ellos se encuentran figuras históricas tan relevantes como María Teresa, Leopoldo I, Francisco José I o la emperatriz Elisabeth (“Sissi”).

En paralelo, la llamada Herzgruft, la Cripta del Corazón situada en la iglesia de los Agustinos, conserva 54 urnas con corazones de miembros de la dinastía, depositados allí entre el siglo XVII y el XIX, además de algunos casos posteriores. Cada urna está identificada con el nombre del difunto y su fecha de fallecimiento, lo que permite seguir con bastante precisión la continuidad de esta práctica funeraria.

Por su parte, la Cripta Ducal de la catedral de San Esteban alberga las urnas con las vísceras de numerosos Habsburgo, resultado del procedimiento médico de conservación del cadáver que formaba parte del protocolo funerario imperial. Aunque el número exacto varía según las fuentes históricas, decenas de miembros de la familia siguieron este sistema de triple enterramiento a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX.

¿Por qué fascina tanto los rituales funerarios de los Habsburgo a los historiadores?

Más allá de los detalles históricos, lo que realmente llama la atención del funeral Habsburgo es lo que revela sobre cómo se entendía el poder en Europa durante siglos. En una época en la que los monarcas gobernaban territorios inmensos y acumulaban títulos, su despedida pública no se basaba únicamente en un acto religioso como podemos ver a día de hoy, sino también una forma de explicar al mundo qué significaba pertenecer a esa dinastía.

Los funerales imperiales funcionaban como una última escenificación del orden político. No hablaban únicamente del difunto, sino de la continuidad del linaje, del papel de la Iglesia en la legitimidad del poder y de la relación entre el soberano y sus territorios. En cierto modo, eran una ceremonia pensada tanto para los vivos como para los muertos: un mensaje dirigido a la corte, a los súbditos y a la historia.

Precisamente por eso estos rituales siguen despertando interés hoy. No solo por lo llamativos que puedan parecer, sino porque muestran una forma de entender la muerte completamente distinta a la actual. Mientras hoy los funerales tienden a ser íntimos y personales, durante siglos fueron actos públicos, políticos y cuidadosamente diseñados para transmitir estabilidad.

Y quizá ahí está la razón de su vigencia en la memoria colectiva. No se recuerdan únicamente por sus símbolos o ceremonias, sino porque permiten entender cómo las grandes dinastías europeas construían su identidad incluso en el momento final.