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✓ ACTUALIZADO · Última revisión: septiembre 2026. Contenido verificado con la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra del Vaticano, el portal oficial catacombeditalia.va y estudios de arqueología cristiana sobre las catacumbas del Mediterráneo.

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catacumbas bajo Roma

Y otras tantas repartidas por el Lacio. Solo cinco están abiertas hoy al público.

20 km

de galerías en San Calixto

Sobre 15 hectáreas de terreno. Fue el cementerio oficial de la Iglesia de Roma en el siglo III.

Siglo II

es cuando empiezan

Bajo el pontificado de Ceferino (199-217), no durante las persecuciones de Nerón como suele contarse.

16 papas

enterrados en una sola

San Calixto reúne las tumbas de dieciséis pontífices y decenas de mártires en su cripta de los papas.

Las catacumbas eran cementerios subterráneos excavados en las afueras de las ciudades, donde las comunidades cristianas y judías enterraron a sus muertos entre finales del siglo II y el siglo V. No eran escondites ni refugios: eran camposantos, y en Roma además perfectamente legales y conocidos por las autoridades, porque para excavarlos había que comprar el terreno o recibirlo en donación.

Aunque las romanas son las más famosas, el fenómeno se extendió por todo el Mediterráneo. Hay catacumbas en Nápoles, Siracusa, Palermo, Cerdeña, Malta, Túnez, Alejandría y Cirene, y solo bajo Roma se conservan alrededor de sesenta, con otras tantas repartidas por el Lacio. La mayor de todas, la de San Calixto en la Via Appia, ocupa quince hectáreas y suma unos veinte kilómetros de galerías donde llegaron a enterrarse dieciséis papas.

La imagen del cristiano perseguido celebrando misa a escondidas entre los nichos es una invención literaria del siglo XIX que el cine se encargó de fijar. La realidad es más prosaica y bastante más interesante: las catacumbas nacieron por un motivo económico, el precio del suelo, y de ellas salió el modelo de enterramiento que seguimos usando hoy en cualquier cementerio español.

Qué eran realmente las catacumbas

Un cementerio, sin más. Esa es la respuesta que más sorprende a quien llega con esa imagen de pasadizos secretos en la cabeza. Las catacumbas eran áreas funerarias colectivas excavadas en el subsuelo, gestionadas por la comunidad, donde cada difunto tenía su hueco numerado y su losa con el nombre grabado. Ni templo, ni refugio, ni cuartel general clandestino: un camposanto vertical, organizado y con lista de espera.

Tampoco las inventaron los cristianos. Los romanos paganos ya enterraban en hipogeos, cámaras subterráneas excavadas bajo el suelo, sobre todo en ciudades donde el terreno costaba una fortuna. Lo que hicieron los cristianos fue tomar una técnica que ya existía y llevarla a una escala que nadie había intentado antes: en lugar de una cámara familiar, kilómetros de galerías encadenadas en varios niveles superpuestos, planificadas desde el principio para poder ampliarse.

DEFINICIÓN

Una catacumba es un cementerio subterráneo formado por galerías excavadas en varios niveles, en cuyas paredes se abrían filas de nichos rectangulares llamados lóculos. Los cristianos no inventaron la técnica: adaptaron los hipogeos paganos y los llevaron a una escala sin precedentes.

El punto de partida está bien documentado. A finales del siglo II, bajo el pontificado de Ceferino (199-217), la comunidad cristiana de Roma empieza a enterrarse de forma comunitaria y separada. El obispo encarga la gestión del cementerio de la Via Appia a un diácono llamado Calixto, un antiguo esclavo que había sido condenado por malversación de fondos y que acabaría siendo papa. La ironía es que Calixto, que dio nombre a la catacumba más importante del cristianismo, no está enterrado en ella.

Antes de eso, los cristianos se enterraban donde todo el mundo. San Pedro quedó sepultado en la necrópolis pagana del Vaticano y San Pablo en el área funeraria de la Via Ostiense, mezclados con tumbas paganas sin ningún problema. El cambio hacia los cementerios exclusivos no vino de un afán de separarse, sino de algo mucho más práctico: asegurar que los más pobres de la comunidad tuvieran sepultura.

Y ese detalle explica el fenómeno entero mejor que cualquier relato de persecuciones.

Por qué bajo tierra: el precio del suelo en Roma

Roma en el siglo II era una ciudad desbordada. El suelo estaba por las nubes, los edificios crecían en altura hasta los cuatro o cinco pisos y no quedaba espacio disponible dentro de las murallas. A eso se sumaba una norma innegociable del derecho romano: estaba prohibido enterrar dentro de la ciudad. Todos los cementerios, sin excepción, quedaban extramuros, alineados a lo largo de las vías consulares.

Con esas dos restricciones, comprar terreno para enterrar a una comunidad entera resultaba prohibitivo. Y aquí es donde la solución subterránea se vuelve brillante: comprando una sola parcela se podía excavar hacia abajo, abrir galerías en varios niveles y multiplicar por veinte o por treinta la capacidad de enterramiento sobre la misma superficie. Quince hectáreas de terreno, como en San Calixto, dieron para veinte kilómetros de corredores.

Ayudó también la geología. El subsuelo de Roma es de toba volcánica, una piedra porosa que se corta con relativa facilidad pero que, una vez expuesta al aire, endurece y aguanta sin necesidad de apuntalamientos. Un material que se excava con pico y que después sostiene el techo solo. Por eso el fenómeno se concentra en el centro y sur de Italia y no en el norte: donde el terreno no lo permitía, no hubo catacumbas.

FactorPor qué empujó hacia el subsuelo
ECONÓMICOPrecio del sueloCon una sola parcela se multiplicaba por veinte la capacidad excavando en varios niveles.
LEGALProhibición de enterrar intramurosEl derecho romano obligaba a situar todos los cementerios fuera de las murallas.
GEOLÓGICOLa toba volcánicaPiedra blanda de excavar que endurece al contacto con el aire y sostiene el techo sin apuntalar.
RELIGIOSORechazo a la cremaciónEsperaban la resurrección de la carne, así que enterraban cuerpos enteros y no reutilizaban tumbas.
Los cuatro factores actuaron a la vez. Donde faltaba alguno, como en el norte de Italia, no hubo catacumbas.

Hubo además un motivo teológico que empujó en la misma dirección. Los cristianos rechazaban la incineración, que era la práctica habitual entre los romanos de la época, porque esperaban la resurrección de la carne y querían el cuerpo íntegro. Eso disparaba la necesidad de espacio: un columbario con urnas ocupa una fracción de lo que ocupan cuerpos enteros. Y como tampoco reutilizaban las tumbas, cada difunto necesitaba su propio hueco para siempre.

Ese mismo dilema entre inhumación y cremación sigue vigente hoy, aunque las razones que pesan ahora sean más de coste y de espacio que de teología.

El origen de la palabra «catacumba»

No significa lo que casi todo el mundo cree. No quiere decir «cementerio subterráneo» ni tiene nada que ver con lo oculto o lo secreto: es un topónimo, el nombre de un sitio concreto.

En la tercera milla de la Via Appia Antica, junto al circo de Majencio, había una zona con canteras de pómez donde el terreno se había hundido. A ese paraje se lo conocía como ad catacumbas, del griego katá kýmbas, que viene a significar «junto a las hondonadas» o «cerca de los huecos». El cementerio que se excavó allí, el actual de San Sebastián, pasó a llamarse coemeterium ad catacumbas por pura referencia geográfica.

Durante siglos ese nombre designó únicamente a ese cementerio. Fue a partir del Renacimiento, cuando se redescubrieron las galerías y empezó el interés anticuario, cuando el término se generalizó y acabó aplicándose a todos los cementerios subterráneos cristianos. Un nombre local convertido en categoría universal por accidente.

El nombre que ellos usaban era otro, y bastante más elocuente: cementerio, del griego koimētḗrion, que significa literalmente «dormitorio» o lugar de reposo. Para los primeros cristianos el difunto no estaba muerto sino dormido, a la espera de la resurrección, y por eso llamaron a sus camposantos exactamente igual que a un dormitorio. Esa palabra ha llegado intacta hasta hoy y la seguimos usando sin pensar en lo que dice.

DOS PALABRAS, DOS HISTORIAS

Catacumba, del griego katá kýmbas: «junto a las hondonadas». Era el nombre de un paraje concreto de la Via Appia, no una categoría. Se generalizó a partir del Renacimiento.

Cementerio, del griego koimētḗrion: «dormitorio». Así lo llamaban ellos, porque para un cristiano el difunto no estaba muerto, sino dormido.

El mito: los cristianos no se escondían allí

No, los cristianos no se ocultaban en las catacumbas. Ni celebraban misas clandestinas a la luz de las antorchas mientras los soldados los buscaban arriba, ni vivían meses bajo tierra huyendo del emperador. Es la escena que todos tenemos grabada y no ocurrió.

MITO DESMONTADO

Para excavar una catacumba había que comprar el terreno o recibirlo en donación. Las autoridades romanas sabían exactamente dónde estaba cada cementerio cristiano, porque constaba en los registros de propiedad. Nadie se esconde en el único sitio que el Estado tiene fichado.

El argumento que lo desmonta es de una sencillez desarmante: para excavar una catacumba había que comprar el terreno o recibirlo en donación. Eso significa escrituras, propietarios registrados y obras de años que movían toneladas de tierra a la vista de todo el mundo. Las autoridades romanas sabían perfectamente dónde estaba cada cementerio cristiano, porque figuraban en los registros de propiedad como cualquier otra parcela. Esconderse en el único sitio que el Estado tiene fichado no es precisamente un plan.

Hay además un problema práctico que rara vez se menciona: las catacumbas son inhabitables. Galerías de menos de un metro de ancho, sin ventilación, sin luz natural, sin agua y con miles de cuerpos en descomposición detrás de losas de barro cocido. Nadie se refugia ahí ni una noche, y menos con familias enteras. Bajar a una catacumba era una visita breve y con un motivo concreto, no una opción de supervivencia.

Lo que sí ocurría, y esto es lo que la leyenda deformó, es que los cristianos se reunían allí para celebrar funerales y aniversarios. Igual que hoy una familia acude al cementerio en el aniversario de una muerte. En momentos puntuales de persecución alguna de esas reuniones pudo servir para celebrar la eucaristía de forma discreta, pero era la excepción, no la función del lugar.

Conviene matizar otra cosa, porque el caso romano no vale para todo el Mediterráneo. En Malta, donde los entierros dentro de la ciudad solo se permitían a los cultos legalmente reconocidos y el cristianismo no lo era, la comunidad enterraba fuera de las murallas de Melite en una situación bastante más precaria. El estatus legal dependía del sitio y del momento.

Y una precisión más sobre el contexto: las persecuciones no fueron continuas ni sistemáticas. Hubo episodios duros según qué emperador y qué gobernador provincial, empezando por Nerón en el año 64, pero también largos periodos de calma en los que la comunidad cristiana funcionaba con normalidad. La imagen de tres siglos ininterrumpidos de cacería es otra simplificación del relato romántico.

Lo que cuenta la leyendaLo que dice la arqueología
Eran escondites secretosCementerios registrados, con terreno comprado y propietario conocido.
Los cristianos vivían allí durante las persecucionesSon inhabitables: sin ventilación, sin luz, sin agua y con miles de cuerpos en descomposición.
Se celebraba misa clandestina de forma habitualSe celebraban funerales y aniversarios. La eucaristía allí fue excepcional.
Las inventaron los cristianosAdaptaron los hipogeos paganos, que ya existían.
Tres siglos de persecución ininterrumpidaEpisodios puntuales según el emperador, con largos periodos de calma.
Fuente: Pontificia Comisión de Arqueología Sacra y estudios de arqueología cristiana.

De dónde viene la leyenda

De la literatura del siglo XIX, y tiene nombres y apellidos.

Dos novelas fijaron la imagen en el imaginario europeo. Fabiola, publicada en 1854 por el cardenal Nicholas Wiseman, y Quo vadis, que el polaco Henryk Sienkiewicz publicó en 1896 y que le valió el Nobel de Literatura. Ambas retratan una Roma de mártires acorralados que se refugian bajo tierra, y ambas fueron éxitos descomunales, traducidas a decenas de idiomas y leídas por generaciones enteras de católicos.

1854

Fabiola

Del cardenal Nicholas Wiseman. Retrata una Roma de mártires acorralados que se refugian bajo tierra. Éxito descomunal en toda la Europa católica.

1896

Quo vadis

De Henryk Sienkiewicz, que ganó con ella el Nobel de Literatura. Traducida a decenas de idiomas y llevada al cine en 1951.

El cine hizo el resto. Quo vadis tuvo varias adaptaciones, la más recordada la de Hollywood en 1951, y el peplum de los años cincuenta y sesenta convirtió las galerías subterráneas en escenario obligatorio de cualquier película sobre cristianos primitivos. Lo que era una licencia narrativa pasó a ser conocimiento común.

Los propios arqueólogos reconocen que la leyenda tiene una base comprensible: el carácter laberíntico de las galerías invita a imaginarlas como escondite. Cualquiera que baje hoy a San Sebastián entiende la tentación de pensar que allí abajo podría esconderse un ejército.

Antes que las novelas hubo un pionero que sí hizo el trabajo serio. En 1593, Antonio Bosio descendió a las catacumbas de Domitila y se convirtió en la primera persona que las exploró de forma sistemática. Le llamaron el Colón de las catacumbas, y su obra Roma Sotterranea, publicada póstumamente en 1632, fundó la disciplina de la arqueología cristiana. La ironía del asunto es que la ciencia llegó tres siglos antes que el mito, y aun así perdió la partida.

EL COLÓN DE LAS CATACUMBAS

En 1593, Antonio Bosio bajó a las catacumbas de Domitila y fue el primero en explorarlas de forma sistemática. Su obra Roma Sotterranea, publicada en 1632, fundó la arqueología cristiana. La ciencia llegó tres siglos antes que el mito, y aun así perdió la partida.

Los fossores: los enterradores que excavaron Roma

Detrás de esos cientos de kilómetros de galerías hubo un oficio, y tenía nombre propio. Los fossores, del latín fodere, cavar, eran los trabajadores especializados que excavaban, ampliaban y mantenían las catacumbas. Todo lo que hoy se visita en la Via Appia salió de sus manos, pico a pico, durante tres siglos.

FOSSOR

Del latín fodere, cavar. Trabajador especializado en excavar y mantener las catacumbas. Llegó a constituir un orden eclesiástico reconocido dentro de la Iglesia de Roma, con jerarquía propia.

No eran peones contratados por horas. Llegaron a constituir un orden eclesiástico dentro de la Iglesia de Roma, con reconocimiento oficial y jerarquía propia, al mismo nivel institucional que otros ministerios menores. Un enterrador con rango eclesiástico es algo bastante insólito, y dice mucho sobre la importancia que la comunidad daba al hecho de dar sepultura.

Su trabajo era mucho más técnico de lo que parece. Planificaban las galerías teniendo en cuenta la estabilidad del terreno, la profundidad de cada nivel y la posibilidad de ampliar en el futuro, porque una comunidad que crece necesita seguir enterrando. Calculaban dónde abrir un nuevo ramal sin comprometer el de arriba, cómo ventilar los corredores mediante pozos de luz, y qué medida debía tener cada lóculo según fuera para un adulto o para un niño. Todo eso sin planos, sin instrumentos de precisión y trabajando a oscuras con lámparas de aceite.

También llevaban la gestión. Eran los fossores quienes asignaban y vendían los lóculos a las familias, quienes registraban quién estaba enterrado dónde y quienes se encargaban de sellar cada nicho. En la práctica hacían de sepultureros, de arquitectos y de administradores del cementerio, las tres funciones a la vez. Cualquiera que trabaje hoy en una funeraria reconocerá el perfil: alguien que conoce el camposanto mejor que nadie porque lo ha excavado con sus manos.

Arquitectos

Planificaban niveles, ramales y pozos de ventilación calculando la estabilidad del terreno. Sin planos ni instrumentos de precisión.

Sepultureros

Excavaban cada lóculo a la medida del difunto, colocaban el cuerpo y sellaban el nicho con la losa.

Administradores

Asignaban y vendían los lóculos a las familias, y llevaban el registro de quién estaba enterrado dónde.

Sus herramientas eran mínimas. El pico, la lámpara de aceite y poco más. Todavía hoy se ven en las paredes de las galerías las marcas dejadas por esos picos en la toba, un rastro directo del gesto de un hombre que trabajó allí hace mil ochocientos años.

Y hay un detalle que los distingue de casi cualquier otro oficio de la Antigüedad: se representaron a sí mismos. En varios frescos de las catacumbas aparecen retratados en plena faena, con la túnica corta de trabajo, el pico al hombro y la lámpara colgando. Ningún gremio humilde del mundo romano dejó tantas imágenes propias. Los mosaicos y pinturas de la época retratan emperadores, dioses y patricios, pero los fossores se pintaron trabajando, en el mismo lugar donde trabajaban y para que los vieran quienes bajaran a enterrar a sus muertos.

Fossor, el enterrador que excavaba las catacumbas, representado con su pico y su lámpara

Cuesta no verlo como una declaración de orgullo profesional. En una comunidad donde el enterramiento era un acto de fe y no un mero trámite sanitario, quien cavaba la tumba no era el último de la escala sino alguien que cumplía un servicio esencial. Los fossores lo sabían y se aseguraron de que quedara constancia.

EL DETALLE QUE LOS DELATA

Los fossores se pintaron a sí mismos en los frescos de las catacumbas: túnica corta de trabajo, pico al hombro y lámpara de aceite colgando.

El arte romano retrataba emperadores, dioses y patricios. Que un gremio humilde dejara tantas imágenes propias, en su lugar de trabajo y para que las vieran las familias, es una declaración de orgullo profesional casi sin precedentes en la Antigüedad.

Cómo era un enterramiento cristiano

Sencillo hasta el extremo, y deliberadamente. El cuerpo se envolvía en una sábana o lienzo, se depositaba en un hueco excavado en la pared de la galería y se cerraba con una losa. Nada más. Sin ataúd, sin urna, sin objetos personales y sin monumento. Todo el proceso podía resolverse en unas horas y costaba una fracción de lo que costaba un enterramiento pagano.

Esa austeridad no era solo cuestión de dinero, aunque la mayoría de los primeros cristianos fueran gente pobre. Era una imitación deliberada del enterramiento de Cristo, que según los evangelios fue amortajado con un lienzo y depositado en un sepulcro prestado. Enterrar así a los suyos era una manera de decir algo sobre lo que creían.

EL MODELO ERA CRISTO

Cuerpo envuelto en un lienzo, depositado en un hueco excavado y cerrado con una losa. Sin ataúd, sin urna, sin monumento. Enterraban como según los evangelios habían enterrado a Jesús, y esa sencillez era una declaración de fe, no solo una cuestión de dinero.

Y había una convicción de fondo que lo explica todo: para ellos aquel cuerpo no estaba destruido, sino esperando. De ahí que rechazaran la cremación, que rehusaran reutilizar las tumbas y que llamaran dormitorio al lugar donde los dejaban. La tumba no era un final sino una sala de espera.

El lóculo: el antecedente directo del nicho

El lóculo era el hueco rectangular excavado horizontalmente en la pared de toba, del tamaño justo para acoger un cuerpo. Se abrían en filas superpuestas, aprovechando toda la altura de la galería, y podían llegar a apilarse cinco o seis en vertical en los tramos de techo más alto.

Una vez colocado el cuerpo, el hueco se sellaba. Los pudientes usaban losas de mármol, pero lo habitual, con diferencia, eran placas de barro cocido unidas con argamasa. Sobre esa tapa se grababa el nombre del difunto y, muchas veces, un símbolo cristiano: el pez, el ancla, la paloma o el monograma de Cristo. A veces se añadía la edad o la fecha, aunque muchas inscripciones se limitan al nombre y a una fórmula breve de despedida.

Y aquí está el detalle que conviene subrayar, porque es el que une aquello con lo de ahora. Si has contratado alguna vez un enterramiento en el cementerio de Albacete, o en cualquier cementerio español, la estructura te resultará familiar: un hueco rectangular en un muro, en filas superpuestas, cerrado con una lápida donde va grabado el nombre. Es exactamente el mismo sistema, con dieciocho siglos de por medio.

DIECIOCHO SIGLOS DESPUÉS

Un hueco rectangular en un muro, en filas superpuestas, cerrado con una lápida donde va grabado el nombre. Es exactamente el mismo sistema que se usa hoy en cualquier cementerio español.

Ha cambiado el material, la maquinaria y la normativa sanitaria. No ha cambiado el concepto, y por la misma razón que entonces: es la forma más eficiente de enterrar a mucha gente en poco espacio respetando el cuerpo entero.

Ha cambiado el material, la maquinaria y la normativa sanitaria. No ha cambiado el concepto. Esas galerías de la Via Appia son el antecedente directo de los bloques de nichos que hoy conforman cualquier camposanto, y lo son por la misma razón que entonces: es la manera más eficiente de enterrar a mucha gente en poco espacio respetando el cuerpo entero. Puedes ver cómo funciona hoy ese sistema en nuestro artículo sobre qué es la inhumación.

Lóculo sellado con placa de barro cocido, inscripción y símbolo cristiano

Junto al lóculo existían otros formatos para quien podía pagarlos. El arcosolio era un nicho rematado por un arco excavado encima, más amplio y decorado, habitualmente para familias o mártires. Y los cubículos eran pequeñas cámaras laterales que hacían las veces de capilla familiar, con varias tumbas agrupadas y frescos en las paredes. La jerarquía social sobrevivía bajo tierra, aunque de forma mucho más contenida que en el mundo pagano.

FormatoCómo eraPara quién
LóculoHueco rectangular horizontal en la pared, en filas de hasta cinco o seis en altura. Sellado con barro cocido o mármol.LA MAYORÍA
ArcosolioNicho rematado por un arco excavado encima, más amplio y con espacio para decoración.FAMILIAS Y MÁRTIRES
CubículoPequeña cámara lateral a modo de capilla, con varias tumbas agrupadas y frescos en las paredes.QUIEN PODÍA PAGARLO

Sin ataúd, sin ajuar, sin mausoleo

La diferencia con las necrópolis paganas salta a la vista nada más entrar, y los arqueólogos lo señalan como el rasgo más característico. Al aire libre, junto a las vías consulares, los romanos levantaban mausoleos pomposos e inscripciones larguísimas detallando cargos, honores, hazañas militares y linaje. Un muerto importante quería seguir pareciéndolo.

En las catacumbas no hay nada de eso. No hay mausoleos, ni retratos ostentosos, ni currículums grabados en mármol. Las inscripciones son breves, a menudo torpes, escritas por manos que no siempre dominaban la ortografía. Un nombre, quizá la edad, una fórmula de paz. In pace, descansa en paz, la misma fórmula de la que dos milenios después salió el R.I.P. que seguimos grabando en las lápidas.

Necrópolis pagana

Mausoleos pomposos junto a las vías consulares. Inscripciones largas con cargos, honores y linaje. Ajuar para el viaje al más allá. La jerarquía social, a la vista.

Catacumba cristiana

Nichos idénticos en la misma pared. Inscripciones breves y a veces con faltas: un nombre, la edad y una fórmula de paz. Un obispo y un jornalero, al mismo nivel.

Tampoco hay ajuar funerario en el sentido pagano. Se acabaron las monedas para pagar al barquero, las lámparas para alumbrar el viaje y los objetos de valor para la otra vida. Aparecen a veces pequeñas lámparas de aceite o frascos de perfume, pero como gesto de afecto de la familia, no como equipaje para el más allá. La lógica había cambiado por completo: quien espera resucitar en cuerpo no necesita llevarse nada.

Y sobre todo, se acabó la jerarquía visible. En un cementerio pagano se veía a simple vista quién había sido rico y quién no. En una catacumba, un obispo, un mártir y un jornalero podían ocupar lóculos idénticos en la misma pared. La igualdad de todos ante la muerte dejó de ser una frase piadosa y se convirtió en una decisión arquitectónica, algo que ningún camposanto anterior había planteado así.

LO QUE CAMBIÓ DE VERDAD

La igualdad de todos ante la muerte dejó de ser una frase piadosa y se convirtió en una decisión arquitectónica. Ningún camposanto anterior lo había planteado así.

De cementerio a santuario: el culto a los mártires

Todo cambió en el año 313. Con el Edicto de Milán, Constantino y Licinio pusieron fin a las persecuciones y concedieron a los cristianos plena libertad de culto. A partir de ahí podían comprar terreno sin miedo a confiscaciones y construir iglesias a la vista de todos. La lógica dice que las catacumbas deberían haber quedado obsoletas de golpe.

Ocurrió justo lo contrario: se llenaron más que nunca. Y la razón es que dejaron de ser solo cementerios para convertirse en destino de peregrinación.

LA PARADOJA DEL AÑO 313

Cuando por fin pudieron enterrar a la luz del día, las catacumbas se llenaron más que nunca. Dejaron de ser cementerios para convertirse en destino de peregrinación de todo el imperio.

El motor fue el culto a los mártires. Muchos de los cristianos ejecutados durante las persecuciones estaban enterrados allí abajo, y la comunidad empezó a venerar sus tumbas como lugares cargados de poder espiritual. Peregrinos de todo el imperio bajaban a rezar junto a sus sepulcros, y con el tiempo se abrieron escaleras, se ampliaron los corredores de acceso y se acondicionaron las criptas para recibir visitantes. Un cementerio pensado para el silencio acabó teniendo problemas de aforo.

De ahí surgió una práctica que hoy resulta llamativa: familias enteras querían enterrar a sus muertos lo más cerca posible de un mártir, convencidas de que esa proximidad les aseguraba protección. Se llamó depositio ad sanctos, sepultura junto a los santos. Los lóculos pegados a una tumba venerada se convirtieron en los más codiciados y los más caros, y por eso algunas catacumbas crecieron de forma desproporcionada alrededor de un solo sepulcro.

DEPOSITIO AD SANCTOS

Literalmente, sepultura junto a los santos. Las familias querían enterrar a sus muertos lo más cerca posible de la tumba de un mártir, convencidas de que esa proximidad les daba protección. Los lóculos contiguos eran los más codiciados y los más caros.

El personaje clave de esta transformación fue el papa Dámaso I (366-384). Localizó las tumbas de los mártires, mandó excavar accesos, iluminó las criptas y encargó al calígrafo Filocalo unas inscripciones monumentales en mármol, con una tipografía tan característica que hoy se conoce como letra damasiana. Convirtió unas galerías funerarias en un circuito de peregrinación señalizado, algo así como el primer plan de puesta en valor patrimonial de la historia.

AÑO 313

Edicto de Milán

Fin de las persecuciones. Los cristianos pueden comprar terreno y construir iglesias sin miedo a confiscaciones.

366-384

Papa Dámaso I

Localiza las tumbas de los mártires, abre accesos e instala las inscripciones en letra damasiana.

SIGLO V

Último enterramiento

Dejan de usarse como cementerio, aunque siguen recibiendo peregrinos durante siglos.

SIGLO VIII

Saqueos y abandono

Los papas trasladan las reliquias a las iglesias de la ciudad. Las galerías caen en el olvido.

Las catacumbas siguieron usándose como cementerio hasta el siglo V, y como lugar de culto bastante más tiempo. El final llegó por la fuerza: durante las invasiones bárbaras, y muy especialmente en el siglo VIII, los saqueos se repitieron hasta el punto de que los papas ordenaron trasladar las reliquias que quedaban a las iglesias del interior de la ciudad, donde podían protegerse.

Vaciadas de aquello que las hacía valiosas, las galerías perdieron su razón de ser. Muchas se abandonaron, se derrumbaron los accesos y quedaron literalmente olvidadas durante siglos, hasta que Antonio Bosio empezó a bajar a ellas en 1593. Solo una escapó a ese olvido: la de San Sebastián, que mantuvo siempre una comunidad monástica en la basílica de arriba y nunca dejó de recibir peregrinos. Por eso conserva ese nombre que acabó bautizando a todas las demás.

LA EXCEPCIÓN

Solo una catacumba escapó al olvido: la de San Sebastián. Mantuvo siempre una comunidad monástica en la basílica de arriba y nunca dejó de recibir peregrinos. Por eso conserva el topónimo ad catacumbas que acabó bautizando a todas las demás.

Lo que las catacumbas nos dejaron

Bastante más de lo que parece, y buena parte lo usamos a diario sin saber de dónde viene.

Lo más evidente es el modelo de enterramiento. El lóculo excavado en la pared, cerrado con una losa y con el nombre grabado, es el mismo esquema que ordena hoy cualquier cementerio español por bloques de nichos. Cuando una familia de Albacete contrata una concesión, está heredando una solución arquitectónica que un fossor inventó en el siglo III para resolver un problema de espacio.

Nos dejaron también el vocabulario. Cementerio, que significa dormitorio. Lóculo, que sigue apareciendo en la normativa de policía sanitaria mortuoria. Nicho, del latín para hueco. Incluso la fórmula in pace grabada en aquellas losas de barro cocido, que derivó en el R.I.P. que todavía se cincela en las lápidas.

PALABRAS QUE VIENEN DE ALLÍ

Cementerio, del griego koimētḗrion: dormitorio.

Lóculo, que sigue apareciendo en la normativa de policía sanitaria mortuoria.

Nicho, del latín para hueco.

In pace, la fórmula grabada en aquellas losas de barro cocido de la que salió el R.I.P. actual.

Y nos dejaron el arte cristiano más antiguo que existe. Antes de las catacumbas no hay iconografía cristiana conservada: la primera pintura de esa fe está bajo tierra, en paredes de toba, hecha por artistas anónimos y con un repertorio de una sencillez casi infantil. El pez, cuyas letras en griego formaban un acróstico del nombre de Cristo. El ancla, que era una cruz disimulada. La paloma, el pan, la vid, el Buen Pastor cargando una oveja al hombro. Ninguna crucifixión, ninguna imagen de sufrimiento: solo señales de esperanza pintadas encima de un muerto.

El pez

Sus letras en griego, ichthys, formaban un acróstico del nombre de Cristo.

El ancla

Una cruz disimulada que además significaba esperanza y estabilidad.

La paloma

El alma que alcanza la paz, a menudo con un ramo de olivo en el pico.

El Buen Pastor

Cristo cargando una oveja al hombro. La imagen más repetida de todas.

Símbolos cristianos primitivos pintados en las paredes de las catacumbas

Hay algo más, menos tangible pero probablemente más importante. Las catacumbas fijaron la idea de que el cementerio es un lugar de espera y no de destrucción. Esa noción, que suena obvia hoy, no lo era en absoluto en el mundo romano, donde el muerto era una realidad contaminante que se apartaba de la ciudad y se cerraba con un monumento. Llamar dormitorio a un camposanto cambió la relación entera con la muerte, y esa mentalidad sigue operando cada vez que alguien dice que ha ido «a ver» a su madre al cementerio.

También nos dejaron una lección sobre el oficio. Aquellos fossores que se pintaban a sí mismos con el pico al hombro entendían que enterrar bien a alguien es un servicio, no un trámite. Después de tantos años acompañando a familias en Albacete, cuesta no reconocerse en ese gesto: alguien tiene que ocuparse de la parte práctica, la que nadie quiere pensar, para que los demás puedan dedicarse a despedirse.

EL CAMBIO MÁS PROFUNDO

Para Roma, el muerto era una realidad contaminante que se apartaba de la ciudad y se cerraba con un monumento. Llamar dormitorio al camposanto cambió la relación entera con la muerte, y esa mentalidad sigue operando cada vez que alguien dice que va a ver a su madre al cementerio.

Y por último nos dejaron una advertencia sobre cómo se construyen los relatos. Un cementerio perfectamente legal, registrado y conocido por las autoridades acabó convertido en escondite de perseguidos porque dos novelas del XIX contaron mejor la historia que trescientos años de arqueología. Merece la pena recordarlo cada vez que damos por buena una imagen del pasado solo porque la hemos visto muchas veces.

LA ADVERTENCIA

Un cementerio legal, registrado y conocido por las autoridades acabó convertido en escondite de perseguidos porque dos novelas del siglo XIX contaron mejor la historia que trescientos años de arqueología. Merece la pena recordarlo cada vez que damos por buena una imagen del pasado solo porque la hemos visto muchas veces.

Preguntas frecuentes sobre las catacumbas

¿Qué son las catacumbas y para qué se usaban?

Las catacumbas son cementerios subterráneos excavados en las afueras de las ciudades, usados por las comunidades cristianas y judías entre finales del siglo II y el siglo V. Se componen de galerías en varios niveles con filas de nichos rectangulares llamados lóculos abiertos en las paredes. Su función era exclusivamente funeraria: allí se enterraba a los difuntos y se celebraban funerales y aniversarios. Bajo Roma se conservan unas sesenta, aunque también las hay en Nápoles, Siracusa, Malta, Cerdeña, Túnez y Alejandría.

¿Los cristianos se escondían en las catacumbas durante las persecuciones?

No. Es el mito más extendido sobre ellas y no lo sostiene ninguna evidencia. Para excavar una catacumba había que comprar el terreno o recibirlo en donación, así que las autoridades romanas sabían perfectamente dónde estaba cada una. Además son inhabitables: galerías estrechas, sin ventilación, sin luz ni agua y con miles de cuerpos en descomposición. La leyenda procede de novelas del siglo XIX como Fabiola (1854) y Quo vadis (1896), que el cine popularizó después.

¿Por qué los cristianos enterraban bajo tierra?

Por una combinación de cuatro factores. El precio del suelo en Roma, que hacía inviable comprar superficie para enterrar a toda la comunidad. La prohibición legal de enterrar dentro de las murallas. La toba volcánica del subsuelo romano, blanda de excavar pero que endurece al aire y aguanta sin apuntalar. Y el rechazo a la cremación, porque esperaban la resurrección de la carne y necesitaban enterrar cuerpos enteros sin reutilizar tumbas. Excavando en varios niveles multiplicaban por veinte la capacidad de una sola parcela.

¿Quiénes eran los fossores?

Los enterradores especializados que excavaban y mantenían las catacumbas, del latín fodere, cavar. Llegaron a constituir un orden eclesiástico reconocido dentro de la Iglesia de Roma. Hacían de arquitectos, sepultureros y administradores a la vez: planificaban las galerías y sus pozos de ventilación, excavaban cada lóculo y vendían los huecos a las familias llevando el registro de quién estaba enterrado dónde. Se representaron a sí mismos en los frescos con el pico al hombro y la lámpara de aceite.

¿Qué relación tienen las catacumbas con los nichos de los cementerios actuales?

Es una relación directa. El lóculo era un hueco rectangular excavado en la pared, dispuesto en filas superpuestas y cerrado con una losa donde se grababa el nombre del difunto. Es exactamente el mismo sistema que se usa hoy en cualquier cementerio español por bloques de nichos. Han cambiado los materiales, la maquinaria y la normativa sanitaria, pero no el concepto, y por la misma razón que entonces: es la forma más eficiente de enterrar a mucha gente en poco espacio respetando el cuerpo entero.

¿Se pueden visitar las catacumbas hoy?

Sí, aunque solo una parte. De las más de sesenta que hay bajo Roma, cinco están abiertas al público: San Sebastián y San Calixto en la Via Appia Antica, Priscila en la Via Salaria, Domitila y Santa Inés. La de San Calixto es la más extensa, con veinte kilómetros de galerías sobre quince hectáreas, y alberga la cripta de los papas con las tumbas de dieciséis pontífices. Las gestiona la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra del Vaticano.

Lo esencial en tres datos

Cementerios,
no escondites

Eran camposantos legales, con terreno comprado y registrado. La imagen del refugio clandestino es una invención literaria del siglo XIX.

Una parcela,
20 kilómetros

Excavar hacia abajo en varios niveles multiplicaba por veinte la capacidad. San Calixto llegó a los 20 km de galerías sobre 15 hectáreas.

El nicho
nació allí

El lóculo romano es el antecedente directo del nicho que hoy se contrata en cualquier cementerio español. Dieciocho siglos y el mismo concepto.

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Si te interesa el simbolismo funerario, puedes seguir leyendo sobre qué significa R.I.P. y de dónde viene o sobre qué es la inhumación y cómo se realiza hoy.

FUENTES CONSULTADAS

Pontificia Comisión de Arqueología Sacra (Vaticano). Portal oficial de las catacumbas de Italia, catacombeditalia.va.

Antonio Bosio, Roma Sotterranea (1632). Primera exploración sistemática de las catacumbas, obra fundacional de la arqueología cristiana.

National Geographic Historia. Las catacumbas de Roma, cementerios subterráneos del cristianismo primitivo.

Enciclopedia Católica y archivo de arqueología cristiana sobre catacumbas fuera de Roma: Nápoles, Siracusa, Malta, Cerdeña y el norte de África.

Las imágenes de este artículo son ilustraciones generadas con inteligencia artificial y no reproducen catacumbas ni piezas concretas. Los datos históricos y arqueológicos citados están verificados con las fuentes indicadas al inicio.