Lo que encontrarás en este artículo
Un ataúd fantasía del taller Kane Kwei en Accra cuesta en torno a 700 dólares para entierro. Las piezas de arte en caoba alcanzan los 3.000 $. En 2014, un Porsche de Paa Joe se subastó en Bonhams por 9.200 $.
Japón tiene la tasa de cremación más alta del mundo. El coste medio de un funeral ronda los 2,31 millones de yenes (~25.000 $). En Tokio, un tercio se hacen ya sin ceremonia previa.
En Manikarnika Ghat, a orillas del Ganges, arden entre 200 y 300 cuerpos cada día, sin parar, 24 horas, 365 días. La llama sagrada de Shiva lleva encendida más de 3.500 años.
En las cremaciones reales de Ubud, el bade —la torre de bambú y papel que transporta el cuerpo— puede superar los 25 metros de altura y es cargado a hombros por cientos de vecinos durante más de 1 km.
Hay culturas que lloran a sus muertos durante días y culturas que los desentierran cada tres años para cambiarles la ropa. Hay países donde el funeral puede costar más que un coche nuevo y otros donde el ataúd es una obra de arte encargada meses antes del fallecimiento. La forma en que una sociedad despide a sus muertos dice más de ella que casi cualquier otra costumbre: qué cree sobre la vida, el alma, el estatus, la familia y el tiempo.
En el artículo de hoy recorremos ocho formas radicalmente distintas de enfrentarse a la muerte, desde los ataúdes con forma de avión de los Ga en Ghana hasta la cremación en el río Ganges que lleva ardiendo más de tres mil años. No es un catálogo de rarezas: cada uno de estos rituales tiene una lógica interna perfectamente coherente con la cosmología de quien lo practica. Lo que parece extraño desde fuera suele ser, visto desde dentro, la única respuesta razonable a la pregunta de qué hacemos con los que amamos cuando ya no están.
El antropólogo Geoffrey Gorer fue uno de los primeros en señalar, en su ensayo de 1955 The Pornography of Death, que las sociedades occidentales modernas han convertido la muerte en un tabú de la misma forma en que el siglo XIX convirtió el sexo en uno: algo que ocurre pero no se nombra, que se delega en profesionales y se aparta del espacio doméstico. La comparación incomoda precisamente porque tiene razón.
El antropólogo Philippe Ariès, en su monumental Historia de la muerte en Occidente (1975), documentó cómo hasta el siglo XVIII la muerte era un acto público, familiar y doméstico. El moribundo dirigía su propio ritual desde la cama, rodeado de vecinos y niños. Hoy esa escena nos parece casi incomprensible.
Lo que resulta fascinante al comparar rituales funerarios de distintas culturas es que ninguno es arbitrario. Cada práctica, por más que choque a ojos ajenos, responde a una concepción específica de qué es el alma, adónde va, qué necesita para el tránsito y qué obligaciones tienen los vivos con los muertos. Eso es exactamente lo que veremos en cada una de las culturas que siguen.
En la región de Greater Accra, en Ghana, existe una tradición que convierte el ataúd en la última declaración de identidad de quien lo ocupa. Los pescadores son enterrados en ataúdes con forma de pez o barco. Los taxistas, en un Mercedes o un Toyota pintado con esmero. Una profesora puede elegir un lápiz gigante. Un fan del fútbol, un balón. Hay registros de ataúdes con forma de teléfono móvil, zapatilla de deporte, botella de Coca-Cola e incluso de una réplica en madera de la Biblia.
Estos objetos se llaman abebuu adekai (que en lengua Ga significa literalmente «cajas de proverbios») y su historia moderna comienza en los años 50 del siglo XX en el barrio costero de Teshie, en las afueras de Accra. Un carpintero llamado Seth Kane Kwei fabricó un palanquín con forma de vaina de cacao para un jefe local. El jefe murió antes de poder usarlo en el festival para el que estaba destinado, así que su familia decidió enterrarlo en él. La reacción del pueblo ante aquel ataúd insólito fue de admiración unánime. Poco después, murió la abuela de Kane Kwei. Ella había vivido toda su vida cerca del aeropuerto de Accra, fascinada por los aviones que sobrevolaban su casa sin haber podido subirse a ninguno nunca. Kane Kwei le fabricó un ataúd con forma de avión.
El taller Kane Kwei produce hasta 20 ataúdes al mes y envía cada año alrededor de 100 piezas a ghaneses en la diáspora y coleccionistas de arte de todo el mundo. Los ataúdes destinados al entierro, fabricados con madera de wawa local, cuestan en torno a 700 dólares. Las piezas concebidas como obras de arte, hechas en caoba, pueden alcanzar los 3.000 dólares. En 2014, un ataúd con forma de Porsche fabricado por Paa Joe (el aprendiz más famoso de Kane Kwei) se vendió en la sala Bonhams de Londres por 9.200 dólares.
Los ataúdes fantasía fueron mostrados al público occidental por primera vez en la exposición Les Magiciens de la Terre en el Musée National d’Art Moderne de París en 1989. Desde entonces han estado presentes en museos de arte de todo el mundo. El National Museum of Funeral History de Houston alberga una de las colecciones más grandes fuera de Ghana, con 12 piezas donadas por un coleccionista anónimo en 1996.
Hay reglas. Solo los jefes pueden ser enterrados en ataúdes con forma de León, Águila o Elefante, animales reservados a la nobleza. Encargar uno de esos diseños sin ser jefe está directamente prohibido.
La lógica detrás de todo esto es la cosmología Ga: el fallecido continúa viviendo en el más allá exactamente como vivió aquí. El ataúd no es solo un contenedor, es el vehículo para ese tránsito, y debe reflejar quién fue esa persona en vida con la mayor precisión posible.
Pero los abebuu adekai son solo una parte del funeral ghanés. La otra es el baile del ataúd (pallbearers dancing), en el que los portadores llevan el féretro (a menudo uno de estos ataúdes personalizados) bailando al ritmo de música en vivo durante el cortejo. Lo que en la mayoría de culturas es un momento de silencio y recogimiento, en Ghana es una celebración ruidosa y colorida. El funeral no es el fin de una vida: es su última presentación en público.
Japón tiene la tasa de cremación más alta del planeta: el 99,94% de los fallecidos son incinerados, una cifra que no tiene parangón en ningún otro país. En comparación, España ronda el 45%, Estados Unidos el 63% y China el 53%. La cremación en Japón no es una tendencia ni una alternativa ecológica: es la norma cultural desde hace siglos, con una interrupción de apenas 5 años en el siglo XIX, cuando el gobierno Meiji la prohibió en 1873 por considerarla una práctica budista extranjera incompatible con el sintoísmo que intentaba imponer. La prohibición duró hasta 1875 y resultó un fracaso.
El coste de un funeral japonés es el más elevado del mundo entre los países desarrollados. En 2024, el coste medio de un funeral en Japón se situaba en torno a 1,19 millones de yenes (unos 7.200 € al cambio actual) aunque ese dato incluye solo los gastos básicos de cremación y ceremonia. Si se añaden los honorarios del sacerdote budista, el kaimyō (el nombre budista póstumo que se otorga al fallecido), la comida para los asistentes, las flores y el nicho en el cementerio, la cifra puede doblar o triplicar ese importe. La Japan Consumers Association estima el coste total medio en 2,31 millones de yenes, equivalentes a unos 25.000 dólares. Esta presión económica ha impulsado en los últimos años un movimiento hacia los chokusō o funerales directos: cremación sin ceremonia previa, sin sacerdote y sin velatorio. En 2016, ya un tercio de las cremaciones en Tokio se realizaban sin funeral.
El momento más singular del funeral japonés (y el que más llama la atención fuera del país) es el kotsuage (骨上げ): el ritual de recoger los huesos tras la cremación. En Japón, los restos no se pulverizan completamente como en Occidente. Tras la cremación, los familiares recogen los fragmentos de hueso con palillos especiales (uno de madera y otro de bambú, más largos que los de comer) y los transfieren a la urna en un orden específico: primero los huesos de los pies, luego los de las piernas, el torso y finalmente el cráneo, de modo que el fallecido quede erguido dentro de la urna. Dos personas sostienen el mismo hueso simultáneamente con sus palillos para pasarlo a la urna.
Este acto tiene una consecuencia cultural que pervive en la vida cotidiana japonesa: pasar comida de palillos a palillos, o sostener cualquier objeto con palillos entre dos personas simultáneamente, es uno de los tabúes de etiqueta más graves en Japón, precisamente porque imita el gesto del kotsuage. Llevar algo de palillos a palillos en una cena es el equivalente a traer un ataúd a la mesa.
El 90,1% de los funerales japoneses son de rito budista, el 3,4% sintoístas y el 2,4% sin adscripción religiosa. El budismo no tuvo protagonismo en los funerales japoneses hasta el período Edo (1603-1867), cuando el shogunato obligó a todos los ciudadanos a registrarse en un templo budista. Los monjes, que hasta entonces apenas habían gestionado ritos funerarios para laicos, se convirtieron de golpe en los responsables de todas las ceremonias de muerte —y desde entonces los funerales son su principal fuente de ingresos.
En las montañas del sur de Sulawesi, en Indonesia, vive un pueblo de 1,1 millones de personas llamado Toraja cuya relación con la muerte es tan profunda que ha convertido el funeral en el evento social más importante de su cultura —más que una boda, más que un nacimiento, más que cualquier otra celebración.
Cuando alguien fallece en Tana Toraja, su cuerpo es momificado y mantenido en casa, a veces durante dos o tres años, conviviendo con la familia hasta que se considera que ha llegado el momento del funeral. Durante ese tiempo, el fallecido no está oficialmente muerto: es tratado como un «enfermo» (to makula’). La familia le habla, le lleva comida, le cambia la ropa. Los niños crecen junto al cuerpo de su abuelo con la misma naturalidad con que crecen junto al abuelo vivo.
El funeral propiamente dicho (el Rambu Solo’) es la fiesta más costosa y elaborada que una familia torajana organizará jamás. La ceremonia puede durar de tres a cinco días e implica el sacrificio de búfalos de agua como moneda espiritual: cuantos más búfalos se sacrifiquen, más rápido llegará el alma del fallecido al Puya, el cielo torajano. El búfalo no es un animal cualquiera en la cultura Toraja: es el vehículo del alma hacia el más allá, y su sangre derramada abre el camino.
Los búfalos más comunes cuestan entre 9.000 y 35.000 € en el mercado de ganado, dependiendo del color de la piel, la longitud de los cuernos y el color de los ojos. Los búfalos albinos o de manchas negras y blancas pueden superar los 50.000 € la pieza. Para un funeral de estatus medio se sacrifican 24 búfalos, aunque en familias nobles el número puede superar el centenar. Un funeral de 100 búfalos representa un desembolso de varios millones de euros, a lo que hay que añadir la comida para cientos o miles de invitados durante días.
Pero el funeral no termina con el entierro. Cada tres años (normalmente en agosto, tras la cosecha) los Toraja celebran el Ma’nene’, que en su lengua significa literalmente «cuidado de los antepasados». Durante el Ma’nene’, los cuerpos de los fallecidos son desenterrados, lavados, peinados y vestidos con ropa nueva. Las familias se fotografían junto a sus muertos, exactamente igual que en cualquier otra reunión familiar. Los cuerpos, tratados con formaldehído para su preservación, pueden ser exhumados durante 100 años o más en algunos casos.
Lo que desde fuera puede parecer perturbador tiene una coherencia perfecta desde dentro: para los Toraja, la muerte no rompe el vínculo familiar. Lo transforma, pero no lo extingue. El Ma’nene’ es simplemente la continuación de una relación que comenzó en vida.
Hay rituales funerarios que, vistos desde fuera, provocan una reacción visceral de rechazo. El jhator tibetano es probablemente el más conocido de todos ellos. Y sin embargo, cuando se entiende la cosmología que lo sustenta, resulta difícil encontrar una forma más coherente de despedir a los muertos.
Jhator significa literalmente en tibetano «dar limosna a los pájaros». El ritual consiste en llevar el cuerpo del fallecido a un lugar elevado y entregarlo a los buitres. No como un acto de abandono, sino como el último acto de generosidad de la persona que ha muerto: su cuerpo, que ya no necesita para nada, alimenta a otros seres vivos.
La lógica budista que sustenta el jhator es precisa. En el budismo tibetano, la muerte no es el fin de la existencia sino una transición hacia la siguiente vida. El alma ya ha abandonado el cuerpo en el momento de la muerte. Lo que queda es solo carne: un contenedor vacío que, desde la perspectiva budista, no merece más preservación que cualquier otro tejido orgánico. Tibetanos y nepalis creen que los buitres, al consumir el cuerpo, transportan el alma del fallecido hacia el cielo, facilitando el tránsito hacia la próxima reencarnación. Dar el cuerpo a los animales no es un acto de irreverencia: es el gesto más compasivo posible, una ofrenda final que refleja el núcleo de la ética budista.
Hay también razones completamente prácticas que explican por qué el jhator se desarrolló en el Tíbet y no en otras culturas budistas. El suelo del altiplano tibetano está frecuentemente congelado, lo que hace que excavar tumbas sea extremadamente difícil. Y la escasez de árboles en esas altitudes convierte la leña para cremaciones en un recurso caro y escaso. El jhator resuelve ambos problemas de un golpe, y lo hace de una manera que encaja perfectamente con los valores religiosos de quien lo practica. No es una solución de compromiso: es la solución ideal.
El procedimiento concreto lo dirige un especialista llamado rogyapa, que en tibetano significa «rompedor de cuerpos». El trabajo del rogyapa es técnico y preciso: disecciona el cadáver para facilitar que los buitres puedan consumirlo por completo. Lo que sorprende a los observadores externos es que el rogyapa realiza su labor sin solemnidad ni gravedad, conversando y riendo con naturalidad, como en cualquier otro trabajo físico. Esto no es irreverencia: los budistas tibetanos creen que mantener un ambiente ligero y sin angustia ayuda al alma del fallecido a desprenderse del plano intermedio entre la vida y la muerte y avanzar hacia la próxima existencia.
Cuando los buitres terminan con la carne, el rogyapa tritura los huesos con un mazo y los mezcla con tsampa (harina de cebada mezclada con mantequilla de yak o leche) para que los cuervos y otras aves que esperan en los márgenes puedan consumir también los restos. El objetivo es que no quede nada. Literalmente nada. Un cuerpo que entra al jhator completo y sale convertido en nada es un jhator bien ejecutado.
Los familiares del fallecido habitualmente no presencian la disección, aunque sí pueden permanecer en las inmediaciones del lugar. Los monjes budistas tibetanos son alentados a observar el jhator precisamente para enfrentarse sin miedo a la realidad física de la muerte, porque para ellos las verdaderas pruebas de morir son internas, mientras que el destino del cuerpo físico es simplemente el paso de nutrientes de un ser a otros.
El jhator tiene una historia documentada de al menos once siglos: los textos históricos tibetanos mencionan la práctica desde el siglo XII. Pero en el siglo XX sufrió su mayor crisis. Durante la Revolución Cultural china (1966-1976), el Partido Comunista prohibió el entierro celestial considerándolo una práctica supersticiosa y primitiva. La prohibición fue imperfecta (en un territorio tan vasto y con condiciones climatológicas tan extremas, resultaba prácticamente imposible de enforcar) pero supuso décadas de represión y, en muchas zonas, la interrupción de una tradición ininterrumpida.
En el siglo XXI, el jhator se practica de nuevo con relativa libertad en el Tíbet, aunque bajo supervisión de las autoridades chinas. El sitio de Larung Gar Buddhist Institute en el condado de Sertar (provincia de Sichuan) es uno de los más activos y reputados, llegando a procesar hasta 20 cuerpos al día en períodos de alta demanda. La cremación va ganando terreno entre las generaciones más jóvenes y urbanizadas, pero en las zonas rurales y entre las comunidades nómadas el jhator sigue siendo la opción mayoritaria.
Hay un detalle que pocas crónicas mencionan pero que los biólogos han documentado con precisión: los buitres del altiplano tibetano son fundamentales no solo para el ritual, sino para la salud pública de toda la región. Un estudio de 2024 analizó el impacto de una mortandad masiva de buitres en India y encontró que, sin buitres para consumir los cadáveres de ganado, la mortalidad humana de la zona aumentó significativamente, probablemente por la propagación de enfermedades a través de las aguas y el entorno. Lo que el budismo tibetano codificó como virtud espiritual resulta tener también una lógica ecológica impecable.
Hay una ciudad en India donde morir no es un problema. Es un privilegio.
Varanasi (también llamada Benarés o Kashi, la ciudad de la luz) es la ciudad sagrada más antigua del mundo habitada de forma continua, con más de 3.000 años de historia documentada. Para los hinduistas, ser cremado a orillas del Ganges en Varanasi no es simplemente un funeral: es el atajo más directo hacia el moksha, la liberación definitiva del ciclo interminable de muerte y reencarnación. Si tu cuerpo se quema aquí, la rueda del samsara se detiene para ti. Para siempre.
A lo largo del Ganges en Varanasi hay 84 ghats (escalinatas de piedra que descienden hasta el río), cada uno con su nombre e historia. De todos ellos, solo dos están dedicados a cremaciones: Manikarnika Ghat y Harishchandra Ghat.
Manikarnika Ghat es el corazón de todo. Cada día tienen lugar entre 200 y 300 cremaciones y no se detiene jamás: funciona las 24 horas del día, los 365 días del año. Cada cremación dura aproximadamente 3 horas. El humo es constante. El fuego es constante. La llegada de cuerpos envueltos en telas naranjas o blancas, transportados en camillas de bambú por los hombros de los familiares masculinos, es constante. No hay cierre por festivos, no hay horario de oficina, no hay pausa.
En el centro del ghat, dentro de un pequeño templo de Shiva, arde una llama que, según la tradición, lleva encendida aproximadamente 3.500años. Cada pira funeraria de Manikarnika se enciende con una paja tomada de ese fuego. No se usa cerilla, no se usa mechero. La llama que consume el cuerpo de alguien que acaba de morir hoy viene del mismo fuego que consumió cuerpos hace 35 siglos.
El ritual hinduista de cremación tiene una estructura precisa. Cuando alguien fallece, el hijo mayor (o, en su ausencia, el familiar hombre más cercano) se rapa completamente la cabeza, se viste con un dhoti y una túnica blanca, y asume el rol de maestro de ceremonias. Las mujeres de la familia se encargan de envolver y decorar el cuerpo con flores. Los hombres son amortajados en blanco; las mujeres, en rojo. Antes de colocarlo en la pira, el cuerpo es sumergido en el Ganges. Para la religión hindú, limpiar un cuerpo en las aguas del Ganges es purificar el alma. El maestro de ceremonias sube al templo de Shiva, recoge la llama sagrada con un haz de pajas y da cinco vueltas alrededor del cadáver: cada vuelta representa uno de los cinco elementos —fuego, agua, tierra, viento y espíritu. Después prende la pira.
El estatus social del fallecido determina en qué zona del ghat es cremado: las zonas inferiores, más accesibles, están destinadas a personas de menor rango y con menos recursos; las zonas superiores, a las castas más altas. Incluso en la muerte, la jerarquía social se mantiene con precisión milimétrica.
Los guardianes de todo este sistema son los Dom, una subcasta Dalit (los llamados «intocables») que controla el fuego sagrado de Manikarnika desde hace siglos. La llama sagrada está exclusivamente en posesión de la comunidad Dom, y según la mitología hindú, el alma solo puede alcanzar el moksha si el cuerpo es cremado con ese fuego. Sin la llama de los Dom, no hay salvación. Y sin embargo, fuera de los ghats, los Dom son discriminados y tratados como intocables por el sistema de castas. Son indispensables en la religión y marginados en la sociedad. La misma persona que garantiza tu entrada al paraíso no puede sentarse a tu lado en un mercado.
El coste económico de cremar en Manikarnika no es trivial. La madera de mango (que debe transportarse desde fuera de la ciudad) cuesta aproximadamente 950 rupias por kilo, lo que supone alrededor de 650 dólares por pira. Para una familia con renta media en India, eso representa un gasto significativo. Por eso el Gobierno indio subvencionó durante años el crematorio eléctrico de Harishchandra Ghat como alternativa más asequible y menos contaminante, aunque la mayoría de familias sigue prefiriendo el fuego a orillas del río.
Hay una dimensión de Varanasi que pocas crónicas recogen y que resulta perturbadora para la mentalidad occidental: no todos los cuerpos son aptos para la cremación. Hay cinco excepciones según la tradición hindú: los niños menores de 12 años, los leprosos, quienes murieron por mordedura de cobra, las mujeres embarazadas y los sacerdotes brahmanes. A estos cuerpos se los ata a una piedra grande y se los sumerge directamente en el Ganges. En períodos de lluvias fuertes o epidemias históricas, los cuerpos que no se cremaban a tiempo también eran arrojados al río, lo que contribuye a los niveles de contaminación del Ganges —uno de los ríos más sagrados y más contaminados del planeta simultáneamente.
Lo que Varanasi ofrece al visitante es una confrontación directa con algo que las culturas occidentales modernas han aprendido a evitar con maestría: la muerte como parte del espacio público. Aquí los cuerpos no desaparecen discretamente hacia instalaciones fuera de la vista. Arden en plena calle, junto al río, mientras los niños juegan a veinte metros y las vacas deambulan entre las piras. La muerte es parte del paisaje urbano de Varanasi exactamente igual que lo es el tráfico o el mercado. No porque los habitantes sean insensibles, sino porque llevan tres mil años practicando algo que el resto del mundo ha olvidado: que la muerte no es el problema. Esconderla sí lo es.
Si tuvieras que elegir una imagen que resuma la diferencia entre cómo Occidente y Asia entienden la muerte, probablemente elegiría esta: una procesión de cientos de personas vestidas con trajes tradicionales balineses de colores vivos, música de gamelán atronando entre las calles, y decenas de hombres cargando sobre sus hombros una torre de más de 20 metros de bambú, madera y papel dorado. Dentro de esa torre, el cuerpo del fallecido. Alrededor, la gente ríe, baila y se fotografía.
Bienvenido al Ngaben: la ceremonia de cremación balinesa.
Bali es la única isla de Indonesia mayoritariamente hinduista en un país de 280 millones de habitantes con mayoría musulmana. Su hinduismo es particular, una mezcla única de tradición india, budismo y animismo local que impregna absolutamente cada aspecto de la vida cotidiana (y de la muerte). El Ngaben se celebra para liberar el alma de la persona muerta, permitiéndole ingresar al reino superior para esperar la reencarnación o alcanzar la liberación definitiva. La palabra ngaben viene de ngabu o ngabuin, que significa literalmente «convertirse en cenizas».
La premisa teológica es directa: el cuerpo es solo un recipiente temporal del alma. Mientras el cuerpo no sea cremado correctamente, el alma no puede completar su tránsito. No lo puede hacer. La teología hinduista balinesa sostiene que existen seres malignos del reino inferior compitiendo por capturar esa alma, y que con una cremación adecuada se incrementan las posibilidades de que llegue al reino superior. El fuego no es destrucción: es liberación.
Esa urgencia espiritual choca, sin embargo, con una realidad económica muy concreta. Un Ngaben privado puede costar entre 30 y más de 150 millones de rupias indonesias (entre 2.000 y 10.000 dólares aproximadamente), dependiendo de la elaboración de la ceremonia: la torre funeraria, el lembu, los honorarios del sacerdote, las ofrendas, la comida para los invitados, los músicos de gamelán y la indumentaria ceremonial. Para una familia de recursos medios en Bali, esa cifra puede ser inalcanzable en el corto plazo.
La solución que ha encontrado la cultura balinesa es pragmática y comunitaria: muchas familias no creman a sus muertos de inmediato. En su lugar, entierran el cuerpo temporalmente cerca del Pura Dalem (el Templo de los Muertos) y esperan años, a veces hasta cinco, hasta que el cementerio comunitario está suficientemente lleno y el banjar (la comunidad de vecinos) organiza un Ngaben Massal o cremación colectiva, donde los costes se reparten. En esas cremaciones comunitarias, el coste por familia puede bajar a unos 5 millones de rupias (unos 300 euros), con la misma carga espiritual que la ceremonia privada.
Los dos elementos visuales más llamativos del Ngaben son el bade y el lembu.
El bade (también llamado wadah) es la torre funeraria: una estructura de varios pisos construida en bambú, madera y papel, decorada con telas de colores vivos y adornos dorados. El número de pisos siempre es impar y refleja el estatus del fallecido: uno para una persona ordinaria, hasta once para las familias de la más alta nobleza. En las cremaciones reales de Ubud, estas torres pueden alcanzar los 25 metros de altura y son cargadas a hombros por decenas de hombres que se turnan durante el recorrido de más de un kilómetro hasta el lugar de cremación.
El lembu (que significa literalmente «toro») es el sarcófago con forma de animal en el que se deposita y quema el cuerpo. Para los hombres de clases altas se usa la forma de toro negro; para las mujeres, vaca. Los sacerdotes y la familia real tienen el naga banda, un dragón mítico. El récord de la ceremonia más espectacular y costosa pertenece a la familia real de Ubud, cuya ceremonia Pelebon (el nombre del Ngaben para la nobleza= se estima que alcanzó miles de millones de rupias. En abril de 2024, Ubud organizó una cremación real para Tjokorda Bagus Santaka, hijo del rey del palacio de Ubud, con miles de asistentes y una torre de más de 25 metros transportada en procesión por cientos de vecinos.
La procesión en sí tiene una particularidad deliberada: el recorrido nunca es en línea recta, porque se cree que los espíritus malignos siguen caminos rectos, y los desvíos buscan confundirlos para que no puedan seguir al alma del fallecido. La torre gira en las intersecciones, el cortejo cambia de dirección, la música del beleganjur (una música de batalla que simboliza la lucha del alma contra el inframundo) suena a todo volumen. Todo tiene una función.
Cuando la pira arde, las familias observan. El momento más intenso para los balineses es cuando el cráneo explota: es entonces cuando el alma del difunto se considera definitivamente liberada. No hay silencio. No hay solemnidad forzada. Hay vendedores ambulantes con comida, niños corriendo, turistas con cámaras que han sido invitados respetuosamente a observar desde los márgenes.
Doce días después de la cremación, las familias recogen las cenizas, las introducen en una cáscara de coco y las llevan al océano o a un río cercano para devolver los restos a los elementos. Para los balineses, el mar es la puerta de entrada al mundo de los dioses. Solo entonces el proceso está completo. Solo entonces el alma puede reencarnarse.
Hay un detalle de etiqueta que sorprende a casi todos los visitantes: en el Ngaben no se lleva ropa de luto negra. El negro es el color del duelo en Occidente; en Bali, la cremación es una celebración de liberación, no una despedida triste. Si te invitan a presenciar una, el código de vestimenta es el traje tradicional balinés en colores vivos. El luto, aquí, sería una falta de respeto.
Seis culturas, seis formas radicalmente distintas de despedir a los muertos. Ataúdes con forma de avión en Ghana, huesos recogidos con palillos en Japón, fallecidos que conviven con su familia durante años en Tana Toraja, cuerpos ofrecidos a los buitres en el Tíbet, piras que llevan ardiendo tres milenios en Varanasi, y torres de 25 metros cargadas a hombros en Bali.
Vistas desde fuera, estas prácticas pueden parecer incomprensibles o perturbadoras. Vistas desde dentro, cada una de ellas responde con lógica perfecta a las mismas preguntas que nos hacemos todos: qué le pasa al alma cuando el cuerpo muere, qué obligaciones tenemos con quienes amamos tras su fallecimiento, y cómo seguimos relacionándonos con ellos cuando ya no están.
Lo que hace singular a la cultura occidental contemporánea no es que tenga respuestas mejores. Es que ha decidido, en gran parte, no hacer las preguntas en voz alta.
Especialista en organización de servicios funerarios
Profesional con más de 30 años de experiencia en la coordinación y logística de servicios funerarios. Su trabajo garantiza que cada ceremonia y servicio se lleve a cabo con la máxima eficiencia y atención al detalle, brindando a las familias un ambiente de serenidad, confianza y apoyo. Javier se destaca por su compromiso con la excelencia y su capacidad para adaptar los servicios a las necesidades particulares de cada cliente.
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