La muerte de un rey en la Edad Media no era solo un acontecimiento familiar. Era un hecho político, social y simbólico que afectaba a todo un reino. Por eso, los rituales funerarios medievales estaban cuidadosamente regulados: había tiempos, recorridos, ceremonias y lugares que debían cumplirse para asegurar el orden, la sucesión y la memoria del poder. En ese contexto, la reacción de Juana I de Castilla tras la muerte de su marido, Felipe el Hermoso, rompió con todo lo esperado.
Felipe murió en 1506, con apenas 28 años, de forma repentina. Su fallecimiento dejó a Juana viuda, reina y en una posición política extremadamente fácil. A partir de ese momento, comenzó un duelo prolongado que no encajaba con las normas habituales de la época. Juana se negó a una separación rápida del cuerpo de su esposo y emprendió un largo traslado del cadáver por Castilla, un episodio que con el tiempo alimentó su leyenda y el sobrenombre por el que ha pasado a la historia.
Durante siglos, este comportamiento se explicó casi exclusivamente desde la idea de la locura. Sin embargo, para comprender lo que ocurrió realmente, es necesario situarse en el marco cultural y funerario de la Edad Media, donde la muerte, el luto y la viudez seguían códigos muy distintos a los actuales. El duelo no era solo una vivencia íntima: tenía implicaciones públicas, religiosas y políticas, especialmente cuando afectaba a la realeza.
Hoy hablamos de todos los hechos documentados tras la muerte de Felipe el Hermoso y analizamos cómo se vivía el duelo en la Edad Media, qué se esperaba de una reina viuda y por qué la historia de Juana de Castilla dice tanto sobre la forma en que las sociedades del pasado entendían la muerte, el amor y la pérdida.
Juana de Castilla nació en 1479, hija de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Desde muy joven estuvo destinada a un papel político que no eligió: fue educada para reforzar alianzas dinásticas y asegurar la continuidad del poder, no para reinar en solitario. Su matrimonio con Felipe de Habsburgo, conocido como Felipe el Hermoso, formaba parte de esa estrategia y marcaría su vida de manera decisiva.
Durante años, Juana no fue la heredera directa al trono. La muerte prematura de sus hermanos mayores la colocó en una posición inesperada: pasó de ser una pieza secundaria a convertirse en reina de Castilla. Este cambio tan repentino coincidió con una etapa personal compleja, marcada por un matrimonio inestable, tensiones políticas y una fuerte dependencia emocional de su esposo, algo que las crónicas de la época recogen con claridad.
Tras la muerte de su madre en 1504, Juana fue proclamada reina, aunque su autoridad siempre estuvo cuestionada. Primero por su marido, que buscaba gobernar en su nombre, y después por su padre, que utilizó su estado emocional como argumento para apartarla del poder. En ese contexto, cualquier comportamiento que se saliera de lo esperado era rápidamente interpretado como una prueba de incapacidad.
Con el paso del tiempo, la figura de Juana quedó reducida a un apodo: “la Loca”. Sin embargo, los estudios históricos actuales coinciden en que esa etiqueta simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. Juana vivió rodeada de presiones, pérdidas y decisiones ajenas, y su forma de vivir el amor, la muerte y el duelo no siempre encajó con lo que se esperaba de una reina.
Su historia sigue fascinando precisamente por eso. Porque detrás del mito hay una mujer real, situada en una época en la que el duelo, la viudez y la muerte en la realeza estaban profundamente condicionados por la política y la religión. Entender quién fue Juana de Castilla es el primer paso para comprender por qué su reacción tras la muerte de Felipe el Hermoso fue tan excepcional… y tan incomprendida.
La muerte de Felipe el Hermoso en septiembre de 1506 fue tan repentina como desconcertante. Tenía solo 28 años y se encontraba en plena pugna política por el control del reino de Castilla. Su fallecimiento no solo dejó a Juana viuda, sino que creó un vacío de poder inmediato en un momento especialmente delicado.
Las crónicas de la época coinciden en que Felipe enfermó tras un partido de pelota en Burgos. Poco después comenzó a sentirse mal y murió en cuestión de días. Durante siglos se habló de un posible envenenamiento, pero los estudios históricos más recientes apuntan a una muerte natural, probablemente causada por una infección grave o una fiebre repentina, algo relativamente común en una época sin conocimientos médicos avanzados.
Para entender el impacto de su muerte hay que situarse en el contexto de la Edad Media tardía. La desaparición de un rey consorte no era solo una tragedia personal: alteraba el equilibrio político, abría conflictos sucesorios y obligaba a poner en marcha una serie de rituales funerarios medievales muy precisos. El cuerpo del monarca no era solo un cuerpo; representaba la continuidad del poder y debía ser tratado con solemnidad y cuidado.
En condiciones normales, el fallecimiento de un rey daba lugar a un funeral organizado con rapidez, siguiendo normas estrictas: velatorio oficial, procesión pública, enterramiento en un lugar previamente designado y luto institucional. Todo estaba pensado para transmitir estabilidad y orden. Sin embargo, en este caso, nada fue normal.
La reacción de Juana ante la muerte de su marido no encajó con lo esperado. Lejos de aceptar una despedida rápida y protocolaria, su duelo se prolongó y se volvió visible, algo que en una mujer (y más aún en una reina) resultaba incómodo para quienes la rodeaban. Ese momento marca el inicio de una historia que cambiaría para siempre la forma en que sería recordada.
La muerte de Felipe el Hermoso no fue solo el final de una vida joven. Fue el punto de partida de un largo episodio de duelo, incomprensión y decisiones políticas que acabarían definiendo el destino de Juana I de Castilla.
En la Castilla de comienzos del siglo XVI, el duelo de una reina viuda estaba sujeto a normas muy claras.
Existían tiempos muy marcados para el luto, espacios concretos para la realización del velatorio y decisiones ya previstas sobre el destino del cuerpo. Todo debía resolverse con cierta rapidez, no por una falta de respeto hacia la monarquía, sino porque el funeral tenía también una función política: transmitir una imagen de estabilidad en un momento de mucha incertidumbre.
En el caso de Juana I de Castilla, ese proceso se alteró desde el primer minuto. Su forma de afrontar la muerte de Felipe el Hermoso no encajó con lo esperado ni con lo que dictaban las costumbres funerarias medievales para una reina. El duelo se volvió visible, prolongado y profundamente personal, algo que despertó recelos entre quienes la rodeaban.
Tras la muerte de Felipe, el cuerpo fue preparado siguiendo los rituales funerarios medievales habituales para un monarca. Estos rituales incluían el lavado del cadáver, su amortajamiento y la exposición solemne del cuerpo durante el velatorio. En este periodo, familiares, nobles y miembros de la corte rendían homenaje al difunto, mientras se celebraban rezos y ceremonias religiosas destinadas a encomendar su alma.
En la Edad Media, el velatorio no era un acto íntimo como lo entendemos hoy. Era un momento público y simbólico, en el que el cuerpo del fallecido representaba algo más que una pérdida personal: era el reflejo del orden social y político. Por eso, los gestos, los tiempos y las decisiones tenían un peso enorme.
Sin embargo, en este caso, Juana se negó a que el proceso avanzara con la rapidez habitual. Su resistencia a separarse del cuerpo de su marido marcó una ruptura con lo establecido. Lo que para ella era una expresión de dolor y apego, para la corte comenzó a verse como un problema. Ese primer desacuerdo entre el duelo personal y las normas del poder fue el inicio de una historia que se iría complicando con el paso de los días.
Este momento inicial resulta clave para entender todo lo que vendría después. No fue un gesto aislado ni repentino, sino el comienzo de un duelo vivido de forma intensa en una época que no siempre dejaba espacio para ello, especialmente cuando se trataba de una reina.
Para entender por qué Juana I de Castilla no aceptó la despedida tras la muerte de Felipe, es importante que nos situemos en el contexto cultural de la época. En la Edad Media tardía, el matrimonio en la realiza no solo era una alianza política. En muchos casos, se esperaba que la reina encarnara un ideal de fidelidad y devoción absoluta hacia su esposo, incluso después de la muerte.
Las fuentes históricas coinciden en que Juana mantenía un fuerte vínculo afectivo con Felipe. Su muerte repentina no le dejó tiempo para asimilar la pérdida ni para cumplir un duelo ordenado según las normas establecidas. En lugar de aceptar el protocolo, Juana reaccionó desde lo personal, algo poco habitual en una corte acostumbrada a anteponer la razón de Estado al dolor individual.
Además, el traslado inmediato del cuerpo no era una obligación estricta. En algunos funerales medievales, especialmente en casos de alta nobleza, el cadáver podía permanecer durante un tiempo bajo custodia, a la espera de decidir el lugar definitivo de enterramiento. Juana se aferró a esa posibilidad, prolongando el tiempo de despedida y retrasando una separación que, para ella, resultaba insoportable.
No hay pruebas documentales de que este comportamiento fuera percibido inicialmente como una señal de locura. En los primeros momentos, fue interpretado más bien como un duelo intenso, llevado al límite por las circunstancias. Sin embargo, a medida que pasaban los días y la situación se prolongaba, la incomodidad política fue creciendo. El dolor de Juana comenzó a chocar con los intereses de quienes necesitaban cerrar el episodio cuanto antes para asegurar el control del reino.
Así, la negativa a una despedida rápida no fue un acto aislado ni caprichoso. Fue el resultado de un duelo vivido sin filtros en una época que exigía contención, especialmente a una reina. Ese choque entre el sufrimiento personal y las normas del poder explica por qué su comportamiento acabó siendo visto como problemático y, con el tiempo, utilizado para justificar su apartamiento.
El traslado del cuerpo de Felipe el Hermoso no fue un episodio puntual ni un viaje breve. Fue un largo peregrinaje que se extendió durante varios años, y que tuvo consecuencias personales, políticas y simbólicas profundas. Entre 1506 y 1509, Juana I de Castilla permaneció junto al féretro de su marido mientras recorría distintas localidades de Castilla, retrasando deliberadamente su enterramiento definitivo.
Este hecho, excepcional incluso para los estándares funerarios de la Edad Media, es uno de los principales motivos por los que la figura de Juana quedó fijada en el imaginario colectivo como la de una reina incapaz de desprenderse del cuerpo de su esposo. Sin embargo, los datos históricos muestran una realidad más compleja, marcada por el duelo, las normas de la viudez real y una fuerte presión política.
Cuando Felipe el Hermoso muere en septiembre de 1506 es embalsamado, como correspondía a un rey. Desde el primer momento, Juana manifestó su voluntad de cumplir el deseo de su marido de ser enterrado en Granada, junto a los Reyes Católicos. No obstante, ese traslado no se realizó de forma directa.
Entre 1506 y 1509, Juana emprendió un viaje fúnebre prolongado con el ataúd, deteniéndose en distintos puntos de Castilla. Está documentado su paso y estancia en lugares como Torquemada, donde dio a luz a su hija póstuma, Catalina, y Hornillos, entre otros enclaves religiosos. Estos lugares no eran simples paradas: conventos y monasterios ofrecían espacios adecuados para custodiar el cuerpo, celebrar oficios y mantener el ritual funerario.
Un dato relevante (y a menudo malinterpretado) es que Juana evitó deliberadamente que el cuerpo llegara a Granada durante esos años. En el contexto de la época, una reina viuda joven podía verse presionada para contraer un nuevo matrimonio con fines políticos. Mantener el duelo activo y el funeral sin cerrar era también una forma de afirmar su condición de viuda y evitar nuevas imposiciones.
Durante estos años, el féretro permaneció siempre bajo custodia, con celebraciones religiosas periódicas. No fue un viaje errante ni improvisado, sino un traslado ritualizado y constante, sostenido en el tiempo. Precisamente esa duración (casi tres años) fue lo que empezó a generar inquietud en la corte y a alimentar la narrativa de la inestabilidad de Juana.
La situación cambió cuando Fernando el Católico, junto al cardenal Cisneros, decidió intervenir. Tras un encuentro con su hija, Juana accedió a dirigirse a Tordesillas, donde quedaría recluida. El cuerpo de Felipe permaneció allí durante años, ya sin desplazamientos.
El desenlace llegó mucho más tarde. En 1525, casi veinte años después de la muerte de Felipe, su hijo Carlos I ordenó el traslado definitivo del cuerpo a la Capilla Real de Granada, donde finalmente fue enterrado, cumpliendo el deseo expresado en vida por su padre.
En la Edad Media, el cuerpo no era una vivienda privada ni libre. Estaba regulado por normas sociales, religiosas y políticas, especialmente cuando afectaba a la realeza. La forma de vestir, los tiempos del luto, los lugares donde podía residir una viuda y hasta su comportamiento público estaban marcados por lo que se consideraba apropiado para su rango.
En el caso de una reina, la viudez tenía un peso todavía mayor. No solo implicaba la pérdida del esposo, sino también un cambio inmediato de estatus. Una reina viuda joven quedaba en una posición delicada: su cuerpo y su futuro pasaban a ser cuestiones de Estado. Volver a casarse podía sellar nuevas alianzas, pero también generar conflictos políticos. Por eso, el luto no era solo una expresión de dolor, sino una herramienta para marcar tiempos y frenar decisiones impuestas.
El luto debía ser visible. El uso de ropas oscuras, la retirada de la vida pública, la reducción de apariciones y la permanencia en espacios religiosos eran prácticas habituales. En muchos casos, este periodo se prolongaba durante años, especialmente si la viuda deseaba mantener su independencia o evitar un nuevo matrimonio. No cerrar el funeral de manera definitiva reforzaba esa condición de viuda y dificultaba cualquier intento de normalizar la situación política.
En este contexto, el comportamiento de Juana no resulta tan incomprensible como se ha presentado tradicionalmente. Prolongar el duelo, retrasar el enterramiento y mantenerse ligada al cuerpo de su marido no solo respondía a una vivencia emocional intensa, sino que encajaba (aunque llevada al extremo) con una concepción medieval del luto como estado prolongado, no como etapa breve que debía superarse con rapidez.
Además, en la mentalidad de la época, el vínculo con el difunto no se rompía de forma inmediata. La muerte no suponía una separación radical, sino una transición. Mantener rituales activos, celebrar misas continuas y conservar la presencia simbólica del fallecido formaban parte de un proceso de duelo que hoy nos resulta difícil de imaginar, pero que entonces se consideraba legítimo.
Entender estas normas ayuda a situar el caso de Juana de Castilla en su tiempo. Su duelo fue excepcional por su duración y visibilidad, pero no surgió en un vacío cultural. Fue el resultado de unas costumbres funerarias medievales que otorgaban al luto un papel central en la vida social, especialmente cuando la muerte afectaba a quienes encarnaban el poder.
El comportamiento de Juana I de Castilla tras la muerte de Felipe el Hermoso no fue interpretado de la misma manera a lo largo del tiempo. Lo que hoy puede entenderse como un duelo extremo y prolongado, en su época fue leído desde otros parámetros, muy condicionados por la política, el género y las expectativas sobre el poder.
En el contexto de comienzos del siglo XVI, la reacción de Juana resultó profundamente incómoda. Una reina debía garantizar estabilidad, continuidad y control. El duelo prolongado, visible y difícil de encajar en los tiempos políticos fue percibido como un problema, no solo personal, sino institucional.
Las fuentes contemporáneas describen a Juana como una mujer dominada por sus emociones, excesivamente unida a su esposo y poco dispuesta a aceptar las decisiones que otros querían imponerle. Ese retrato, repetido por cronistas cercanos al poder, sirvió para construir la imagen de una reina incapaz de gobernar. Su comportamiento fue juzgado desde la necesidad de justificar su apartamiento, más que desde la comprensión de su situación personal.
En una época en la que el dolor debía vivirse con contención, especialmente en la realeza, la intensidad del duelo de Juana se interpretó como un signo de desequilibrio. No tanto porque no existieran precedentes de lutos prolongados, sino porque su caso interfería directamente en el control del reino.
La historiografía contemporánea ha revisado esta interpretación con mayor distancia y cautela. Sin negar que Juana pudiera sufrir episodios de inestabilidad emocional (algo comprensible dadas las circunstancias), los estudios actuales coinciden en que su comportamiento fue simplificado y utilizado con fines políticos.
Hoy se pone el acento en el contexto: una mujer joven, viuda de forma repentina, madre, reina cuestionada y rodeada de presiones constantes. Su duelo se desarrolló en un marco en el que no tenía margen para decidir libremente ni para expresar su dolor sin consecuencias. Desde esta perspectiva, muchos de sus actos dejan de verse como gestos irracionales y pasan a entenderse como respuestas humanas a una pérdida extrema.
Esta lectura más equilibrada no pretende idealizar a Juana ni reescribir la historia, sino liberarla del sensacionalismo que ha acompañado su figura durante siglos. Su caso muestra hasta qué punto el duelo, cuando no encaja en las normas sociales o políticas, puede ser juzgado con dureza y convertirse en un instrumento de control.
Experta en gestión emocional y acompañamiento familiar
Psicóloga especializada en el duelo. Ana ha dedicado su carrera a acompañar a muchas familias en su proceso de duelo. Con más de 20 años de experiencia en el sector funerario, lidera el equipo de atención a familias en Funeraria La Dolorosa. Su enfoque, basado en la empatía y el respeto, ha permitido desarrollar protocolos personalizados que brindan paz y consuelo en momentos de profunda tristeza. Ana es reconocida por su capacidad para crear un ambiente de confianza y seguridad, ayudando a las familias a encontrar fortaleza en medio de la pérdida.
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